Encuentro En El Bosque

Una chica de trece años nos contó en el relato “Mariposa oscura” cómo fue salvada de la muerte por un extraño ser a medio camino entre lo animal y lo humano. Ahora nos contará una nueva historia: ... Una gélida tarde de diciembre salí de casa con mi perro, que no me perdonaba sus tres paseos diarios por mucho frío que hiciera. Como no me gustaba llevarlo al parque, donde siempre acababa peleándose con otros perros, nos adentramos en un bosquecillo de las afueras. Y allí lo vi de nuevo. Tenía la espalda apoy

Una chica de trece años nos contó en el relato “Mariposa oscura” cómo fue salvada de la muerte por un extraño ser a medio camino entre lo animal y lo humano. Ahora nos contará una nueva historia:

...

Una gélida tarde de diciembre salí de casa con mi perro, que no me perdonaba sus tres paseos diarios por mucho frío que hiciera. Como no me gustaba llevarlo al parque, donde siempre acababa peleándose con otros perros, nos adentramos en un bosquecillo de las afueras. Y allí lo vi de nuevo. Tenía la espalda apoyada sobre el tronco de un árbol y parecía descansar tranquilamente, ajeno al aire frío del invierno. Mi perro se puso algo nervioso al verlo, como si advirtiera algo extraño en él, pero no me costó demasiado tranquilizarlo. Aproveché que aún no me había visto para mirarlo con más atención que la otra vez. A pesar de su ropa andrajosa y de su barba de dos días, podía decirse que era un hombre bastante apuesto y no aparentaba más de veinticinco años, aunque tenía la mirada triste de quienes han pasado por muchas experiencias amargas. Su soledad y su melancolía me inspiraron algo de pena, aunque, sabiendo lo que era, quizás lo más normal hubiera sido sentir miedo. Cuando fue consciente de mi presencia, sonreí tímidamente y le dije:

-Hola. La otra vez no tuve tiempo de darte las gracias por haberme salvado la vida.

Él también sonrió (aunque fue una sonrisa un poco triste) y murmuró:

-Eso no fue nada. Quienes merecen gratitud son los que luchan contra la pobreza y las enfermedades. Rescatar chicas guapas en apuros es algo bastante gratificante en sí mismo.

A pesar del frío, no pude evitar sonrojarme, pues hasta entonces solo mi abuela me había llamado “guapa”. Me quedé callada durante un momento, pensando cómo podría proseguir la conversación, y, como no se me ocurría nada más profundo, le pregunté:

-¿Cómo te llamas?

-Un lobo no tiene nombre.

-Bueno, las personas tampoco tenemos nombre hasta que alguien nos lo pone.

-Cierto. Si quieres, puedes llamarme Ruy. Hace mucho tiempo que ese nombre dejó de significar nada para mí, pero al menos es corto.

-Sí, creo que es una tontería poner nombres largos, cuando al final todo el mundo los acorta. Por ejemplo, yo me llamo Ánxela, pero todo el mundo me llama Xela.

-Pues bien, Xela, ¿puedo pedirte un pequeño favor?

Yo no podía negarle un favor a alguien que me había salvado la vida dos veces, así que asentí. Ruy sonrió de nuevo, esta vez con más ganas, y me dijo en voz baja:

-Presiento que algo malo va a pasar pronto en esta ciudad. Y mis presentimientos no me engañan nunca. Pero, antes de nada, toma esto. Harías muy feliz a una amiga tuya si lo conservaras para siempre.

Yo me quedé muda cuando reconocí el pequeño objeto metálico que Ruy acababa de entregarme: era la mariposa de plata que le había regalado a Karen antes de su muerte.

...

Brais era un chico de mi clase que vivía en una casa grande de las afueras, cerca de la mía. Como no lo conocía de antes, no solía hablar mucho con él, pero me caía bien y hasta me gustaba. Era bastante guapo y más amable que la mayoría de los chicos que conocía. Si hubiera tenido diez años más, habría podido pasar por un actor de cine, con su pelo rubio, sus ojos azules y su cuerpo de pequeño atleta (jugaba en el equipo de fútbol del instituto y, aunque yo no estaba muy puesta en el tema, creo que lo hacía bastante bien). Para completar el paquete, sus padres eran bastante ricos, de ahí que vivieran en una de las mejores casas de la ciudad.

Aquella tarde Brais estaba en su cuarto, jugando con la videoconsola, que era su único vicio además del fútbol. Sus padres se habían ido a Madrid a recoger a Clara, su hermana mayor, que estaba estudiando allí una carrera de ingeniería. Se acercaban las fiestas de Navidad y Clara les había pedido a sus padres que fueran a buscarla, pues aún no tenía el carné de conducir y pensaba traer demasiados paquetes para meterse con ellos en un autobús. Por las mañanas en la casa trabajaban una cocinera y un jardinero, pero aquella tarde libraban, de ahí que Brais estuviera solo en casa. Pero él no tenía miedo, pues aún era de día y su familia estaría allí para la cena. Entonces sonó varias veces el timbre de la puerta. Era una visita inesperada, aunque, de todas formas, Brais no se asustó, pues, por lo que sabía, los ladrones no suelen llamar al timbre. Bajó a mirar quién era y vio, sorprendido, que era Clara, cuando supuestamente esta tendría que llegar varias horas después y acompañada por sus padres. Le abrió la puerta y, tras saludarla con sendos besos en las mejillas (que le parecieron extrañamente pálidas, quizás a causa del frío), le preguntó:

-¿Cómo es que estás aquí tan pronto? ¿Y dónde están papá y mamá? No he oído llegar el coche.

Ella respondió, con una voz extrañamente fría:

-¿Qué importa eso? Quiero que me beses de nuevo.

Brais, extrañado, iba a preguntarle algo, pero Clara le tapó la boca con la mano y lo empujó con fuerza hacia el interior de la casa. Brais estaba demasiado sorprendido para reaccionar y además Clara parecía haberse vuelto más fuerte, de modo que lo tenía tan atrapado como si Brais fuera un niño pequeño. Ella abrió la boca y mostró unos dientes afilados, más propios de un lobo que de una persona, así como una lengua más roja y viscosa de lo normal, que usó para lamer sensualmente el cuello de su hermano. Y luego hundió sus dientes en la garganta del indefenso Brais, quien no sintió ningún dolor, pero sí una languidez irresistible.

...

Fue entonces cuando llegué a la casa de Brais. A simple vista, todo parecía en orden, dejando aparte que la puerta de la entrada había quedado abierta. Pero mi perro había empezado a ladrar y esta vez no fui capaz de calmarlo.

Sintiéndome yo también algo inquieta, le pedí al perro que me esperase en la acera y entré en aquella casa a toda prisa. Lo que vi al traspasar el umbral me dejó muda de terror (por fortuna para mí, pues, si hubiera gritado, ahora quizás no estaría viva). Brais, pálido como un muerto y aparentemente inconsciente, se hallaba entra las garras de algo horrible, que quizás había sido humano alguna vez, pero que había dejado de serlo para convertirse en una criatura esquelética y lívida, por cuyo huesuda barbilla se despeñaban regueros de sangre.

Mi miedo aumentó cuando comprendí que aquella sangre, aunque parecía proceder de la boca del monstruo, realmente manaba del cuello de Brais. ¿Sería aquel ser lo que yo estaba pensando? Parecía una locura, pero, si existían los licántropos como Ruy, ¿no podrían existir también los...?

Y entonces me acordé de la mariposa de plata que me había entregado Ruy poco tiempo antes. Sin pensármelo dos veces (en realidad, sin pensármelo ni una sola vez, pues fue un movimiento bastante automático), me arrojé sobre el monstruo y le clavé en el cuello la punta de una de las alas de la mariposa. El vampiro chilló de dolor y dejó caer al suelo el cuerpo inerte de Brais.

...

Cuando los padres de Brais y su verdadera hermana llegaron a casa media hora después, lo encontraron tendido sobre el sofá del salón. Estaba muy pálido y bastante mareado, pero en su cuello ya no quedaba ninguna señal de haber sufrido una mordedura. Pensando que estaba enfermo, lo metieron en el coche y lo llevaron al hospital, con tanta prisa que ni siquiera se fijaron en que el vestíbulo estaba cubierto de ceniza fría.

Mientras ellos se dirigían al hospital, yo estaba sentada en un banco de la acera opuesta, sin hacer otra cosa que acariciar con una mano el colgante de plata y con la otra el peludo cuello de mi perro. Entonces apareció Ruy, que me dijo, algo molesto:

-Se suponía que debías avisarme cuando vieras al vampiro, no actuar por tu cuenta. Tuviste mucha suerte: no todos los vampiros son tan vulnerables a la plata. ¿Por qué fuiste tan temeraria?

Por suerte, yo tenía mi respuesta preparada:

-Es que rescatar chicos guapos en apuros es muy gratificante en sí mismo.

Al oír esto, Ruy sonrió y me acarició el pelo antes de desaparecer en la noche.

 

 

 

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