El Templo

Los humildes campesinos que trabajaban en un arrozal próximo a la jungla hindú encontraron a un hombre blanco inconsciente, cuyo cuerpo, esquelético y harapiento, aparecía cubierto por una espesa capa de fango, sobre la cual deambulaban innumerables sanguijuelas. Tras recibir las atenciones pertinentes, aquel hombre recuperó la conciencia y declaró ser el doctor Eric Tanner, un prestigioso arqueólogo norteamericano que algunas semanas antes se había internado en las profundidades de la jungla, buscando los

Los humildes campesinos que trabajaban en un arrozal próximo a la jungla hindú encontraron a un hombre blanco inconsciente, cuyo cuerpo, esquelético y harapiento, aparecía cubierto por una espesa capa de fango, sobre la cual deambulaban innumerables sanguijuelas. Tras recibir las atenciones pertinentes, aquel hombre recuperó la conciencia y declaró ser el doctor Eric Tanner, un prestigioso arqueólogo norteamericano que algunas semanas antes se había internado en las profundidades de la jungla, buscando los vestigios de una legendaria civilización ancestral. Lo acompañaban en su expedición el guía William Reuben, un veterano explorador inglés afincado en la India desde hacía décadas, y dos rastreadores nativos cuyos nombres no han trascendido. Siempre según las declaraciones de Tanner, Reuben y los rastreadores habían muerto ahogados por una fuerte riada provocada por los monzones. Viéndose solo en medio de lo desconocido, Tanner, que milagrosamente había conseguido sobrevivir a la catástrofe, tuvo que renunciar a su expedición y emprender el viaje de vuelta, durante el cual sufrió numerosas privaciones y los embates de la fiebre, hasta el punto de hallarse más muerto que vivo cuando lo encontraron los campesinos. Pese a ello, Tanner, que era un hombre fuerte, no tardó demasiado en recobrar la salud física, aunque su estado anímico seguía siendo lamentable. Según sus propias palabras, se sentía culpable por haber arrastrado a tres hombres hacia la muerte, todo por culpa de una vieja leyenda que seguramente carecía de fundamento. Así pues, cuando volvió a su país renunció definitivamente a la arqueología y se recluyó en una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra, donde se dedicaría a dar clases de Historia Antigua en la modesta universidad local.

Poco después, el equipo de fútbol americano del campus obtuvo una sonada victoria en la liga universitaria y la ciudad entera, poco favorecida hasta entonces por la fortuna en eventos deportivos, celebró alegremente aquel inesperado triunfo. Pero la fiesta quedó tristemente enturbiada cuando se supo que durante la noche posterior a la celebración dos muchachas habían sido brutalmente violadas y asesinadas en el piso que compartían (una tercera muchacha había salvado la vida por estar de fiesta con su novio, que era precisamente el capitán del equipo de fútbol). No había indicios ni testigos que apuntaran al autor o autores de los hechos, pero entonces el profesor Tanner, para sorpresa de todos, se presentó en la comisaría y se declaró autor del crimen. Declaró que se había obsesionado con una de las chicas (alumna suya en la universidad) y que, guiado por un impulso tan diabólico como irrefrenable, había forzado la puerta de su apartamento “para estar con ella aunque solo fuera una vez” (tales fueron las palabras que usó el propio Tanner). Luego “se había visto obligado” a matarlas a las dos para evitar que lo denunciasen por violación y allanamiento de morada, aunque finalmente aquel doble asesinato había sido inútil, pues los remordimientos lo habían obligado a denunciarse a sí mismo ante las autoridades. La opinión pública acogió las declaraciones de Tanner con una mezcla de indignación y mal disimulado alivio. Porque, por muy horrible que fuera el crimen, siempre era reconfortante saber que su autor era un hombre extraño y solitario, sin parientes cercanos ni amigos íntimos, en vez de un popular estudiante universitario o un cariñoso padre de familia.

Si bien la policía tenía algunas dudas respecto a la cordura de Tanner y a la veracidad de sus declaraciones, la imposibilidad de trazar otras líneas de investigación llevó a que el profesor fuera arrestado y recluido en la cárcel del estado, al menos hasta que se celebrara el juicio.

Aunque, como se ha dicho, Tanner carecía de amigos íntimos, tenía a alguien que lo apreciaba sinceramente. Este no era otro que su abogado, el señor Winston Mayer, cuya hermana Bella, fallecida en plena adolescencia a causa de una enfermedad incurable, había sido el único amor de Tanner en toda su atribulada existencia. Pocos días antes del juicio el recluso solicitó tener una conversación privada con su abogado, que se celebró en una celda especial de la cárcel. Una vez allí, Mayer le dijo a su defendido:

-¡Por favor, Eric, ya está bien de bromas! No sé por qué te empeñas en mentir, pero lo que sí sé muy bien es que tú nunca le harías daño a nadie.

Tanner suspiró y dijo, con voz serena y triste:

-Es cierto, Winston. Yo no maté a esas chicas, pero no quiero que se lo digas a nadie.

-¿Cómo? ¿Piensas mentir en el juicio?

-Si es necesario, sí. Pero no creo que vaya a haber nunca ningún juicio.

-Me temo que no entiendo nada.

-Lo entenderás cuando te cuente toda la verdad. Solo te pido que me escuches sin interrumpirme. Ahora debo hablarte de mi último viaje a la India. También mentí cuando dije que mis acompañantes murieron a causa de una riada. Ellos eran exploradores demasiado avezados para dejarse vencer por una simple inundación. Lo cierto es que encontramos lo que estábamos buscando: las ruinas de una ciudad perdida, casi invisibles bajo la maleza que las cubría. Como la lluvia arreciaba, decidimos buscar refugio en el edificio más amplio y mejor conservado: una especie de templo, erigido en honor de un ídolo con forma de dragón. Los demás entraron a toda prisa, pero yo me quedé en el vestíbulo examinando unos jeroglíficos. Cuando oí los gritos de mis compañeros, ya no podía hacer nada por ellos. Nunca sabré de dónde surgió aquella monstruosidad con forma de serpiente y roja como la sangre, que los aplastó a todos como si fuera un elefante pisoteando insectos. Presa del terror más abyecto, escapé de allí y corrí como un loco, hasta caer exhausto en el arrozal donde me encontraron los campesinos. No me atreví a contar lo que había visto, en parte porque pensaba que nadie me creería, pero sobre todo por miedo a provocar nuevas desgracias. De todos modos, puedo jurarte que lo que vi allí era real… y que hizo gritar de terror a tres hombres valientes, como si fueran niños asustados.

-Bueno, Eric, quizás todo eso sea cierto… pero no sé qué tiene que ver con los asesinatos. No me dirás que el monstruo del templo vino aquí para matar a esas pobres chicas.

-No, eso lo hicieron monstruos humanos. Y yo los vi. Como los malos recuerdos me impiden conciliar el sueño, a menudo salgo a pasear por las noches. Y aquella madrugada los vi salir corriendo del edificio donde vivían aquellas desdichadas. Eran miembros del equipo de fútbol, que habían salido de fiesta para celebrar su triunfo… y parece ser que la fiesta se les fue de las manos. Puede que no todos participaran en los asesinatos, pero ninguno de ellos se atrevió a denunciar a sus compañeros, lo cual los convierte en sus cómplices.

-Pero eso también se te aplica a ti. Si sabías quiénes eran los asesinos, ¿por qué no los denunciaste?

-¿Para qué hubiera servido? Desde luego, no para resucitar a sus víctimas. Solo para traer consternación y vergüenza a sus familias. Los héroes de la ciudad, los chicos esforzados y alegres, hijos cariñosos, buenos estudiantes… convertidos de pronto en unos violadores y asesinos sin escrúpulos. En cambio, yo ya no le importaba a nadie en este mundo ni tenía nada que perder. Pensé que lo mejor sería ahorrarles el disgusto a las familias y amigos de los criminales, por eso me confesé autor de los asesinatos.

-Pero si esos cerdos vuelven a las andadas, será culpa tuya.

-No volverán, te lo aseguro. Y no porque se hayan hecho mejores personas, sino porque no tendrán tiempo.

-¿A qué te refieres?

-A algo que leí en los jeroglíficos del templo, una vieja profecía… Hoy el monstruo del templo... ese monstruo colosal con forma de dragón -y del cual el gusano gigante que mató a mis compañeros no era más que la lengua- saldrá de su escondrijo para destruir a la Humanidad. Y, según la profecía, lo hará hoy mismo. ¿Para qué castigar a los culpables, si pronto moriremos todos?

El abogado miró con lástima a su cliente y salió de la celda sin decir nada. Tomó su móvil e intentó llamar al juez de instrucción para solicitar la anulación de la causa, pues el acusado mostraba evidentes síntomas de locura. Pero todas las líneas se habían colapsado, después de que la televisión anunciara la destrucción de varias ciudades hindúes por un monstruo gigante de origen desconocido.

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