El Pacto

En los pantanos de Luisiana se yerguen las ruinas de una siniestra mansión, habitada antaño por cierto Monsieur Denfer, al que hicieron tristemente célebre las crueldades que infligía a sus esclavos. Cuando las tropas federales ganaron la Guerra Civil y liberaron a los negros, Denfer se suicidó con arsénico para huir de la horca, pero, según la leyenda, el Diablo lo convirtió en vampiro y desde entonces sigue custodiando sus antiguas propiedades, a las que nadie osa acercarse tras la puesta del sol.  Sin em

En los pantanos de Luisiana se yerguen las ruinas de una siniestra mansión, habitada antaño por cierto Monsieur Denfer, al que hicieron tristemente célebre las crueldades que infligía a sus esclavos. Cuando las tropas federales ganaron la Guerra Civil y liberaron a los negros, Denfer se suicidó con arsénico para huir de la horca, pero, según la leyenda, el Diablo lo convirtió en vampiro y desde entonces sigue custodiando sus antiguas propiedades, a las que nadie osa acercarse tras la puesta del sol.

Sin embargo, cierta noche una hermosa muchacha de catorce años penetró en el misterioso bosque donde antes se hallaba la plantación de los Denfer y se encaminó hacia la mansión, sin más guía que los blanquecinos rayos lunares. Cuando ya estaba cerca de las ruinas, un enorme murciélago surgió de las sombras y se abalanzó sobre ella con inequívocas intenciones de atacarla. Sin embargo, la muchacha reaccionó con rapidez y extrajo de su bolsillo una moneda de plata, cuya mera visión fue suficiente para detener la acometida del monstruo. Este, cuando vio su ataque frustrado, se posó sobre el suelo y se transformó en un hombre alto y pálido, de vestiduras negras y ojos refulgentes. Miró con odio a la intrusa y le dijo con una voz tan siniestra como su aspecto:

-¡Reconozco esa maldita moneda de plata! Pertenece a mi enemigo John Martins, el cazador de monstruos. ¿Quién eres tú y qué haces aquí? ¿Y por qué llevas la moneda de Martins contigo?

La muchacha, aunque estaba pálida como una muerta, consiguió dominar su miedo y le dijo al vampiro:

-Me llamo Amanda Martins y esta moneda pertenece a mi padre. He venido aquí en su busca, Monsieur Denfer.

-¡Vaya, así que ahora el valeroso agente Martins envía niñas a luchar por él! Pero con esa moneda no acabarás conmigo. La plata puede rechazarme, pero no destruirme.

-Es que yo no he venido a destruirlo, Monsieur, sino a proponerle un pacto.

-¿Un pacto? ¿A qué te refieres?

-Se lo contaré todo: el presidente Turner lleva años planeando en secreto dar un autogolpe de estado y convertir los Estados Unidos en una dictadura. Mi padre y otros agentes del FBI que se negaron a colaborar con él han sido arrestados por alta traición, de modo que incluso podrían ser condenados a muerte si nadie le para los pies a Turner… cosa que solo alguien como usted podría hacer.

-¿Y qué me darás a cambio si lo hago?

-Le permitiré beber toda mi sangre. Así podrá de un solo golpe saciar su sed y obtener su venganza contra mi padre.

-Reconozco que la oferta es tentadora, así que acepto el pacto. Esta misma noche iré por Turner y tú me esperarás aquí hasta que vuelva. Pero te lo advierto: si te niegas a cumplir tu parte del pacto, te convertirás en una perjura y entonces ni la plata ni nada de este mundo podrá protegerte de mi venganza.

-Lo comprendo, pero puede estar tranquilo. Estoy dispuesta a morir en sus manos si ese es el precio que debo pagar para salvar a mi padre y a mi patria.

Una vez sellado el pacto, Denfer se transformó nuevamente en murciélago y partió hacia la ciudad de Nueva Orleans, donde se hallaba el presidente Turner, que aquellos días estaba dando mítines en los estados del Sur. Aunque el hotel donde pernoctaba se hallaba protegido por extraordinarias medidas de seguridad, estas no supusieron ningún problema para el vampiro, que entró en el dormitorio presidencial tras dejar fuera de combate a varios guardaespaldas. Cuando sintió una presencia extraña en su alcoba, Turner se despertó asustado e intentó pulsar el botón que hubiera alertado a toda la policía de la ciudad, pero se detuvo en seco, fascinado por el hipnótico brillo que despedían los ojos del vampiro. Este le dijo:

-Presidente Turner, ahora se halla usted bajo mi poder y hará todo lo que yo le diga. Primero ordenará la liberación de todos los presos políticos que ha mandado arrestar y luego renunciará a sus planes, presentará su dimisión y olvidará para siempre sus delirios napoleónicos, ¿entendido?

Turner, que, como todos los malvados, era especialmente vulnerable a los poderes hipnóticos de los vampiros, no pudo hacer otra cosa que asentir.

Cumplida su parte del pacto, Monsieur Denfer volvió a adoptar su forma de murciélago y abandonó la ciudad rumbo a su mansión, donde esperaba solazarse con la sangre de Amanda. Si esta había huido o intentaba resistirse, pensaba someterla a un castigo mucho más terrible que la muerte por desangramiento, pero no fue necesario, pues la muchacha había cumplido su palabra y seguía allí, aguardándolo bajo las sombras de la noche. Cuando Monsieur Denfer recobró su forma humana, Amanda arrojó al suelo la moneda protectora, se desabrochó el cuello de su camisa y ofreció su pálido cuello a los lujuriosos dientes del vampiro. Este se acercó a ella, ansioso por probar el jugo de sus venas, pero en el último momento se detuvo y le dijo:

-Tienes la boca húmeda y en el suelo hay una botella vacía que antes no estaba ahí. Veo que has estado bebiendo.

-¿Y qué tiene eso de particular? Tenía sed y bebí un poco de agua. ¡No todos bebemos sangre!

-Pues a mí me parece muy particular que alguien se acuerde de beber justo antes de morir. ¿Sabes lo que pienso? Creo que esa botella contenía agua bendita y que, al beberla, has convertido tu sangre en un veneno mortal para mí. Ha sido un plan muy inteligente, pero no has conseguido engañarme. No beberé tu sangre, pero te haré sufrir de otra manera.

-¡Le aseguro que esa botella solo contenía agua normal! Yo no lo he engañado… ahora. En realidad, lo engañé hace tiempo, cuando le dije que mi padre había sido arrestado.

Entonces una sombra surgió de los arbustos que rodeaban la mansión y, aprovechando que las palabras de Amanda habían sumido a Monsieur Denfer en un estado de desconcierto, consiguió clavar un objeto puntiagudo en la espalda del vampiro. Cuando la punta de aquella estaca de fresno alcanzó su corazón, el monstruo emitió un grito de rabia y cayó al suelo agonizante. Aún tuvo tiempo de dedicarles una mirada llena de odio a Amanda y a su padre, quienes observaron en silencio cómo el cuerpo de Monsieur Denfer se convertía rápidamente en un amasijo de cenizas. Una vez muerto el monstruo, Amanda le dijo a su padre, con un tono de voz algo triste:

-Sé que Denfer era un monstruo terrible y que Turner era una amenaza para el mundo entero, pero creo que esta vez hemos actuado de una forma poco noble, ¿no crees?

Martins meditó durante unos segundos y luego dijo:

-En efecto, pero, si quieres, aún puedes cumplir tu promesa. Quizás eso lo ayude a descansar en paz y entonces tu deuda estará saldada.

Amanda usó la navaja que le había dado su padre para hacerse una pequeña incisión en la yema de un dedo. Luego dejó que algunas gotas de su sangre cayesen sobre las cenizas de Monsieur Denfer, antes de que la brisa nocturna las dispersara. 

Hecho esto, padre e hija se encaminaron hacia la ciudad por el sendero que atravesaba el bosque. Cuando se hallaban en el lugar más sombrío de la espesura, aparecieron de pronto varios hombres armados, uno de los cuales agarró y amordazó a Amanda, mientras sus compañeros encañonaban al agente Martins antes de que este pudiera sacar su pistola. Martins reconoció a los agentes de la policía secreta de Turner, quienes habían recibido la orden de acabar con todos los enemigos de su jefe y aparentemente ignoraban que las cosas habían cambiado. Ya estaban a punto de disparar sobre sus prisioneros cuando una nube negra cubrió el cielo, de modo que durante unos segundos el bosque quedó sumido en la más absoluta oscuridad. Se oyeron varios gritos de terror y, cuando se disipó la nube, todos los policías yacían muertos sobre sendos charcos de sangre. La escena era tan horrible que Amanda, poco acostumbrada a ver semejantes carnicerías, hubiera caído desmayada si su padre no la hubiera agarrado a tiempo.

Mientras tanto, un enorme murciélago se posó sobre las ramas de un árbol cercano y adoptó la forma de Monsieur Denfer. Este habló dirigiéndose a Amanda, aunque sabiendo que ella no podía oírlo:

-Hace muchos años Drácula usó su sangre para devolverme la vida y convertirme en su esclavo. Esta noche tú has hecho lo mismo, convirtiéndote así en mi nueva ama. Por eso te protegeré siempre que lo necesites… por mucho que me pese.

Dicho esto, el vampiro adoptó nuevamente su forma de murciélago y voló hacia las ruinas de su vieja mansión, pues el color del cielo anunciaba un nuevo amanecer.

 

 

¿Te gusto? Te recomendamos...