¿Por qué me debería extrañar que mi vida se hubiera convertido de pronto en una pesadilla? Eso es la cosa más normal del mundo, hasta pienso que no se trató de una conversión, sino de una mera toma de conciencia. Pues, ¿qué es toda vida humana sino una pesadilla escalofriante, enturbiando los sueños de algún Dios Desconocido? Algunos, los más afortunados, no se enteran de eso hasta que la Muerte se lo revela. Yo (¡ay de mí!) lo comprendí hace ya bastante tiempo, cuando compré el libro en un tenebroso lugar de Whitechapel. Para ser más exactos, la pesadilla empezó unas horas más tarde, cuando escuché en la radio que el librero judío había sido asesinado en circunstancias tan misteriosas como atroces, apenas unos pocos minutos después de que yo hubiera abandonado su establecimiento.
Aquella misma tarde comenzó una huida desesperada. En primer lugar, debía escapar de la Policía, que me atribuía el asesinato. Pero, sobre todo, debía huir de los hombres que habían asesinado al librero y que no dudarían en matarme a mí también para hacerse con el libro. Alguna vez pensé en deshacerme del libro, pero finalmente llegué a la conclusión de que eso no me libraría del acoso al que me hallaba sometido. Sabía demasiado para que mis perseguidores me perdonaran la vida y, aunque renunciara al libro, me matarían de todas formas. Aquel desdichado librero de Whitechapel ya no tenía el libro cuando fueron por él y, aun así, lo mataron.
Mi huida no cesó hasta que encontré aquella pequeña estación de tren, perdida en medio de la campiña inglesa. Recuerdo que llegué allí una mañana otoñal, inusitadamente fría y triste. Mi ansiedad por subir a un tren era tan grande que no me importaba adónde me llevara ni que el precio del billete agotara el poco dinero que me quedaba. Había pasado toda la noche vagando en la oscuridad, por páramos desconocidos, y sabía que no podría aguantar más noches a la intemperie. Me senté en un banco próximo al andén y esperé por el primer tren que me hiciera el favor de detenerse en aquel lugar (cuyo nombre, por cierto, ya he olvidado). Sólo llevaba conmigo los harapos en los que se habían convertido mis ropas, unas pocas libras en el bolsillo y una bolsa de plástico, muy mojada, en la mano. Dentro de la bolsa estaba el Libro. En el páramo me había sorprendido un fuerte chaparrón y no podía permitir que el Libro se mojara.
Durante un buen rato estuve solo en la estación. El pueblo se encontraba a casi una milla y no se veía a nadie en las oficinas. A lo mejor era aún demasiado temprano o quizás era así siempre (los pocos billetes que se despacharían en aquel lugar tan aislado malamente podrían amortizar el salario de un empleado). Fuera como fuera, le tendría que comprar el billete al revisor del tren. ¡Qué más me daba, lo importante era que el tren llegara lo antes posible! ¡Y cuánto tardaba!
Más tarde, llegó a la estación una chica de unos veinte años, que, tras un tímido “good morning” se sentó en mi mismo banco. Llevaba consigo una maleta grande de ruedas, de la cual extrajo un libro de Derecho Civil, que empezó a leer con cara de extrema concentración. Una universitaria, sin duda. A falta de otra cosa mejor que hacer, y también para no estar pensando siempre en asuntos desagradables, me dediqué durante algunos minutos a observarla de reojo, examinando su hermosura juvenil, mientras ella, aparentemente sumergida en la lectura, no me dedicaba ni la mínima atención.
En eso estábamos los dos cuando, de pronto, sentí, más que oí, unos pasos furtivos a mis espaldas. No tuve tiempo ni de girar la cabeza para ver el rostro de mi enemigo. Un ruido terrible que estalló cerca de la nuca, una explosión de dolor que llegó a colapsar mi ya debilitado sistema nervioso, las tinieblas, el olvido, la nada… Durante algún tiempo, dejé de existir.
Tras recobrar la conciencia, me levanté y, antes de abandonar aquella maldita estación, eché una ojeada a mi alrededor. Allí ya no había nadie. Por supuesto, mi Libro había desaparecido. En cambio, sí estaba allí, tirado en el suelo junto a la maleta, el libro de la chica. ¡Así que también se la habían llevado a ella! Claro, no podían dejar testigos. O tal vez… No, si ella fuera de la banda no habría dejado allí un libro y una maleta con sus huellas digitales. Pero, si sólo querían cerrarle la boca, ¿por qué no la habían matado allí mismo? ¿Y si…? Sentí una corriente helada en el alma cuando pensé en la posibilidad de que… ¡Pobre muchacha!
Como allí yo ya no pintaba nada en absoluto, decidí abandonar para siempre aquel lugar infausto e ir en busca de la chica. En mi estado difícilmente hubiera podido hacer nada por ella, pero en todo caso sentía que mi deber ineludible era buscarla. Y si al menos funcionara… ¿Quién sabe?
Antes de abandonar la estación, no pude evitar dedicarle una última ojeada a lo que dejaba atrás: una cosa muy querida, que yacía sobre el frío y húmedo suelo del andén. Pero era algo que ya no podía seguir llevando conmigo. Nuestros caminos se habían separado para siempre y yo no podía hacer otra cosa que aceptarlo. Aun así, fue un momento duro.
No tuve que buscar demasiado. Me guiaron lo que parecían gemidos ahogados, procedentes del interior de una granja abandonada, situada junto al camino de tierra que, tras atravesar pastizales y tierras de labranza, comunicaba el pueblo con la estación. Me arrimé a una de las casi derruidas paredes del viejo edificio, me asomé al hueco que una vez había hecho el papel de ventana y observé el interior, donde vi justo lo que esperaba (y temía) ver.
La chica de la estación se hallaba en el suelo, tumbada sobre un montón de paja y harapos sucios. Estaba atada de pies y manos, además de amordazada, con su hermoso rostro pálido y desencajado por el miedo (razones, desde luego, no le faltaban). Cerca de ella, ajeno a sus gemidos y lágrimas, había un hombre de pie. Era un individuo macilento y delgado, aún joven, pero con cabellos blancos de albino, que sostenía en sus manos un volumen de pastas negras y estaba recitando una especie de invocación infernal. Por supuesto, aquel volumen era mi Libro, la fuente de todas mis desgracias: el único ejemplar que quedaba en el mundo de la versión inglesa del Al-Azif, el libro de magia negra escrito por el nigromante árabe Abdul Alhazred en el Damasco medieval. Y la invocación se dirigía a aquel terrible djinn o demonio-vampiro al que los hechiceros medievales llamaban El Desconocido, pues casi nadie conocía su verdadero nombre. O, mejor dicho, sólo lo conocía Abdul Alhazred, quien osó mencionarlo en su Libro. Los que conocieran el verdadero nombre, no sólo podrían invocar al djinn, sino que además podrían usarlo con cualquier fin perverso, a cambio de una buena ofrenda de sangre caliente. Aquel hombre era, sin duda, un agente de la secta que me había perseguido durante los últimos años para arrebatarme el libro, mientras que aquella pobre chica estaba destinada a ser desangrada por El Desconocido.
El hombre empezó a leer: “A ti, que vagas por las sendas de la noche y llevas la muerte a los hijos de la carne mortal, te llamo para que aceptes la ofrenda de sangre que te presento… ¡Ven a mí y acepta mi sacrificio, terrible Ix-tab!”
Aún no se habían extinguido los ecos de la última sílaba cuando se sintió un viento tan frío que me estremeció incluso a mí, aunque, dadas mis nuevas circunstancias, yo ya debería de estar por encima de tales sensaciones. Luego se escuchó una risa cruel que venía al mismo tiempo de todas partes y de ninguna. La invocación había sido atendida y sus consecuencias no se harían esperar mucho tiempo.
Así fue, en efecto. Ante los ojos estupefactos de la pobre chica, su secuestrador extrajo una pistola de su bolsillo y se reventó el cerebro de un tiro. Hecho esto, se volvió a oír la misma risa diabólica durante unos segundos y luego se perdió para siempre. Por lo menos, mi plan de venganza para el caso de que lograran arrebatarme el libro había servido para algo. Yo sólo había tenido que manipular hábilmente una única letra del manuscrito para convertir el verdadero nombre del vampiro en Ix-tab, nombre de la diosa maya del suicidio. De ese modo, Ix-tab había respondido a la invocación del sectario, aceptando la involuntaria ofrenda de su propia vida. Y ahora, mientras observo cómo unos campesinos, alertados por el disparo, liberan a la chica, no puedo dejar de sonreír al pensar en la ironía de que ahora sólo yo conozca el verdadero nombre del vampiro… ¡Ahora que yo ya estoy muerto!





