Demografía

Todo empezó un día que había amanecido como cualquier otro, sin presagios ni malos presentimientos. La gente de todo el mundo inició su jornada como la había iniciado los días anteriores, con las esperanzas e inquietudes de siempre. Nadie podría decir cuándo, cómo y dónde empezó exactamente el problema, aunque parece ser que se inició simultáneamente (y con bastante rapidez) en los principales centros de población del planeta. Gracias a la rapidez con la que circula la información en nuestros tiempos, se su

Todo empezó un día que había amanecido como cualquier otro, sin presagios ni malos presentimientos. La gente de todo el mundo inició su jornada como la había iniciado los días anteriores, con las esperanzas e inquietudes de siempre. Nadie podría decir cuándo, cómo y dónde empezó exactamente el problema, aunque parece ser que se inició simultáneamente (y con bastante rapidez) en los principales centros de población del planeta. Gracias a la rapidez con la que circula la información en nuestros tiempos, se supo muy pronto que todas las metrópolis del mundo se hallaban envueltas en el caos. Circularon informes confusos y contradictorios sobre monstruos indescriptibles, que estaban masacrando a la población sin que nada ni nadie pudiera detenerlos. La rápida movilización de las fuerzas armadas, lejos de solucionar el problema, solo sirvió para aumentar vertiginosamente el número de víctimas, aunque nadie sabía qué era exactamente lo que estaba matando a la gente. Mientras las autoridades callaban o emitían breves comunicados, cuyo objetivo era intentar apaciguar el pánico sin informar de nada concreto, las redes sociales hacían virales las explicaciones más rocambolescas. Se decía que se habían desencadenado todos los Apocalipsis de todas las religiones conocidas (y de algunas inventadas sobre la marcha), que habíamos sido invadidos por los extraterrestres, que el terrible Cthulhu de Lovecraft había despertado de su sueño milenario para destruir a la Humanidad, que todo era culpa de la CIA, etc.

Mientras tanto, en un recóndito lugar de las Montañas Rocosas tenía lugar una reunión secreta, que congregó a los principales científicos al servicio del gobierno estadounidense. Tras recibir a sus colegas con un saludo frío y apresurado, el prestigioso doctor Ross Danvers dijo así:

-Acabamos de recibir imágenes de lo que está sucediendo ahora mismo en las ciudades afectadas. Han sido tomadas hace pocos minutos por las cámaras de nuestros mejores drones militares y, por tanto, resulta imposible tener dudas sobre su autenticidad. Debo decirles que lo que he visto al examinar dichas imágenes no fue lo que esperaba.

Alguien que no podía contener los nervios interrumpió a Danvers y preguntó bruscamente:

-¿Pero qué clase de monstruo han captado esas cámaras? ¿Qué ha visto usted exactamente?

Danvers respondió con gélida serenidad:

-En lo que a monstruos se refiere… no he visto absolutamente nada.

-Pero…

-¡Guarden silencio, por favor! No hay ningún monstruo, las ciudades afectadas están siendo arrasadas por sus propios habitantes.

-¡No pretenderá decirnos que millones de personas se han vuelto locas simultáneamente!

-Me temo que no se trata de locura, sino de todo lo contrario. Llamamos loco al ser humano cuya mente no funciona de la forma adecuada. Pero lo que tenemos aquí es un mecanismo mental que, por primera vez en la historia de la Humanidad, está funcionando terriblemente bien.

-¡Explíquese mejor, Danvers!

-Lo intentaré, siempre que dejen de interrumpirme continuamente. Supongo que muchos de ustedes habrán oído hablar de los lemmings.

Un biólogo oriundo de Alaska dijo:

-Por supuesto, son unos pequeños roedores que viven en las tundras árticas.

-En efecto. Es sabido que periódicamente se produce un incremento explosivo en las poblaciones de lemmings. Y parece ser que en esas ocasiones millones de lemmings se suicidan en masa arrojándose al mar. Hay testimonios de que ciertos antílopes sudafricanos, los springbooks, hacen algo semejante cuando el excesivo incremento de su población impide que haya alimento para todos. Pues bien, tengo razones para creer que nuestra especie se está autodestruyendo a causa de un mecanismo mental inconsciente, semejante al que provoca suicidios colectivos en las especies animales que he mencionado.

-Pero… ¡nunca había pasado nada semejante hasta ahora!

-Nunca había pasado nada igual, pero sí podemos rastrear procesos semejantes, aunque mucho más leves, a lo largo de la Historia. En los períodos de máximo desarrollo económico y social, siempre han aparecido individuos, generalmente sensibles e inteligentes, que han abogado por destruir todo lo construido por la civilización para volver al caos primitivo. Ya en la antigua Roma había poetas e historiadores que envidiaban el salvajismo de los pueblos bárbaros. Y la época de la Revolución Industrial coincidió con el desarrollo del movimiento romántico, uno de cuyos pilares estéticos e ideológicos era la añoranza de las tinieblas medievales. Pues bien, el ingente desarrollo tecnológico, científico y demográfico que hemos alcanzado en los últimos tiempos ha agravado, en un estrato inconsciente de la mente humana, la nostalgia de la vieja barbarie. Pero este amor al caos no se trata de una simple enfermedad que podamos curar. Es una válvula de seguridad para nuestra especie, pues solo mediante la drástica reducción de sus efectivos podrá salvarse de un destino mucho peor: la muerte por hambre de toda la raza humana después de haber agotado los recursos que puede ofrecernos el planeta.

-Pero, ¿quién podrá sobrevivir a este desastre?

-Creo que los destinados a sobrevivir en este caso no serán los más aptos, sino los más solitarios. Sabemos que hasta ahora solo se han producido problemas graves en los entornos urbanos, mientras que las localidades más pequeñas apenas se han visto afectadas. Lemmings y springbooks son animales muy gregarios, que forman enormes manadas. Quizás la mejor solución para no terminar como ellos sea abandonar el gregarismo y recluirse en algún lugar donde la compañía sea mínima. Yo no tengo familia ni estoy autorizado para abandonar la base, pero, si pudiese, me iría lo antes posible a un lugar solitario, acompañado únicamente por mis seres queridos. Me temo que no tengo otro consejo que darles.

Cuando Danvers terminó de hablar, los demás científicos abandonaron la base para volver a sus casas. La mayoría pensaban que las teorías de Danvers carecían de base y que todo se reducía a una epidemia de locura, quizás provocada por algún agente químico o radiactivo no identificado. Ninguno de los escépticos pensaba abandonar su hogar en la ciudad, donde al menos podrían llamar a la policía si las cosas se ponían feas (naturalmente, ignoraban que en muchas ciudades la policía ya había dejado de existir). Solo el joven doctor Raymond Collins optó por seguir las indicaciones de Danvers. Su idea era buscar refugio en la cabaña del bosque donde solía pasar los fines de semana, pero antes debía pasar por la ciudad para recoger a su familia. Si hubiera podido contactar con su mujer, habría podido decirle que llevara ella misma a los niños en su propio coche, pero la línea telefónica estaba cortada y tampoco funcionaba Internet. Raymond se había temido lo peor al saber que las comunicaciones se habían interrumpido, así que se llevó una grata sorpresa cuando llegó al barrio de las afueras donde vivía, pues al menos allí todo parecía muy tranquilo (quizás demasiado tranquilo, dadas las circunstancias). Eso sí, las calles estaban vacías, lo cual le hizo pensar que sus vecinos también habían decidido huir al campo. Sin embargo, su familia aún tenía que estar en casa, pues el coche de su mujer seguía en el garaje. Raymond atravesó el jardín, donde recibió el afectuoso saludo de su perro Toby, y entró en su casa, donde encontró a sus hijos arrellanados en el sofá del salón. Los niños estaban tan embelesados viendo una película de Disney grabada que apenas se percataron de que su padre había llegado. Este tuvo que preguntarles varias veces dónde se hallaba su madre para que le respondieran con desgana:

-En su cuarto.

Pero, cuando Raymond subió al cuarto de su esposa, no la vio. Ya iba a bajar, pensando que los niños se habían equivocado, cuando oyó un gemido procedente del armario. Abrió la puerta y encontró allí a su mujer, fuertemente atada y amordazada. Intentó desatarla apresuradamente, pero entonces sus hijos entraron en el cuarto y le dijeron:

-¡No toques a mamá! ¡Ahora es nuestra novia, no la tuya!

Mientras decían esto, los pequeños se arrojaron sobre su padre como fieras enfurecidas sobre su presa y lo hirieron sin piedad con cuchillos que habían traído de la cocina. Sin embargo, Raymond logró rechazarlos y los niños huyeron a toda prisa, riéndose como demonios mientras bajaban las escaleras. Sacando fuerzas de flaqueza, Raymond desató a su esposa. Le quitó la mordaza y, como vio que estaba llorando, se olvidó de sus heridas y la abrazó en un desesperado intento de consolarla. Pero entonces ella le dijo entre lágrimas:

-¡Es tu culpa por dejarme sola… maldito hijo de perra!

Mientras escupía estas palabras preñadas de odio y locura, la señora Collins se desasió del abrazo de su marido y lo empujó con todas sus fuerzas, haciendo que cayera por la ventana. Después de que su espalda impactara contra el suelo del jardín, Raymond ya no pudo moverse ni hablar. Supo que iba a morir, aunque eso no le importó demasiado, después de ver que sus seres queridos se habían convertido en monstruos, como tantas otras personas en un mundo que se había entregado a la autodestrucción. Pese a tener el cerebro embotado, aún pudo sentir los cariñosos lengüetazos de Toby en su mejilla. De haber podido mover los músculos de su rostro, Raymond, a pesar de su desesperación, hubiera sonreído. Pensó:

-Yo al menos no moriré solo, pues aún hay alguien que me quiere. Otros no serán tan afortunados.

Y luego dejó de pensar para siempre.

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