Blanche Monnier, era una muy atractiva joven, con una vida social muy activa y envidiable. Procedía de una buena familia de la aristocracia francesa, formada por defensores de la realeza que odiaban visceralmente a los republicanos. Su padre Charles-Émile fue decano de la facultad de letras de Poitiers y su hermano, Marcel, trabajaba como prefecto. En definitiva, se trataba de una mujer bien situada que por esos días conoció a un abogado arruinado y en su defecto, republicano además, le sacaba bastantes años y del que cayó irremediablemente enamorada. Siendo esto, la locura e ira de su madre, fue tanta su molestia que decidió castigar a Blanche, ella, necia y cegada por el enamoramiento hizo caso omiso al castigo, que en efecto, tuvo que ser aún mas inimaginable... su madre decidió quitarle la vida mientras ésta, aun vivía...
Un buen día, Monnier desapareció sin dejar rastro. Su madre y su hermano lloraron su pérdida en público. Su padre moriría en 1882 y, apenas tres años después, el abogado que había enamorado a la joven. Nadie parecía acordarse ya de la pequeña de los Monnier cuando el 23 de mayo de 1901, en el albor de un nuevo siglo, el fiscal general de París recibió una extraña carta en la que se podía leer lo siguiente:
“Señor fiscal general, tengo el honor de informarle de un acontecimiento excepcionalmente serio. Me refiero a una solterona que está encerrada en la casa de la señora Monnier, casi muerta de hambre, y que ha vivido sobre basura podrida durante los últimos 25 años. Es decir, sus propios desechos”.
El castigo que su madre propinó a Blanche, fue ese, la encerró por el increíble periodo de 25 años. Cuando la policía llegó al lugar de los hechos, acompañado del fiscal, la sórdida e impresionante escena los perturbó. La desafortunada mujer estaba tumbada completamente desnuda sobre un lecho de paja podrida. Todo a su alrededor formaba una especie de costra formada por excrementos, trozos de carne, verduras, pescado y pan podrido. También vieron cáscaras de ostras y bichos corriendo por la cama”. Cuando los oficiales intentaron hablar con ella, se limitó a gritar y encogerse en su cama. Rápidamente, los agentes de la ley salieron de la habitación, disuadidos por el insoportable hedor, para registrar el resto de habitaciones:
“El comedor estaba bien amueblado, la cocina cuidada y la escalera, limpia. Todo estaba en su sitio. La anciana señora Monnier estaba ataviada con una bata de vestir decorada con cuadrados negros y blancos. En resumen, no parecía ser la clase de mujer que rechazaba su cuidado personal" Era lo que la constatación policial anunciaba...
Blanche había perdido la cabeza irremediablemente, tras pasar más de dos décadas sin ver la luz del sol. Pesaba tan sólo 24 kilos al haberse alimentado tan con los restos de la comida de su madre y migajas...





