Principios Y Finales (Nueva Versión)

Hank Baker era un muchacho de trece años, que vivía pacíficamente en una ciudad próxima a Nueva York.  Pero entonces surgió del mar un horrible monstruo, que se dirigió hacia la costa oriental de Norteamérica destruyendo numerosos barcos y aviones a su paso. Ante la inminente amenaza que suponía para la ciudad de Nueva York, fue necesario que la Armada estadounidense se empleara a fondo para detenerlo. Tras una larga y terrible batalla, un poderoso misil consiguió alcanzarlo y el monstruo reventó en mil ped

Hank Baker era un muchacho de trece años, que vivía pacíficamente en una ciudad próxima a Nueva York.

Pero entonces surgió del mar un horrible monstruo, que se dirigió hacia la costa oriental de Norteamérica destruyendo numerosos barcos y aviones a su paso. Ante la inminente amenaza que suponía para la ciudad de Nueva York, fue necesario que la Armada estadounidense se empleara a fondo para detenerlo. Tras una larga y terrible batalla, un poderoso misil consiguió alcanzarlo y el monstruo reventó en mil pedazos, que las corrientes marinas no tardaron en dispersar. Tras varios días de celebración, la gente volvió a su rutina diaria, pensando que el peligro había sido conjurado definitivamente.

Las clases habían sido interrumpidas durante la crisis y, cuando Hank volvió al colegio, se sorprendió al ver que tenía una nueva compañera de clase. Era una hermosa estudiante de intercambio, que, a juzgar por su acento y su apellido, seguramente procedía de Francia y que, si bien con el resto de sus compañeros se mostraba bastante reservada e incluso algo distante, recibió a Hank con una amable sonrisa y le dijo en un inglés bastante decente:

-Hola, me llamo Helene Belfort y creo que desde hoy vamos a compartir pupitre.

Esto era cierto, pues en el aula se seguía un orden alfabético estricto y los dos tenían apellidos que empezaban por B. Hank, aunque al principio se sintió algo azorado al saber que pasaría las mañanas sentado junto a una chica tan linda y completamente desconocida, no tardó en hacer buenas migas con Helene, quien, a pesar de ciertas rarezas, parecía sinceramente interesada en su nuevo amigo. Por su parte, él estaba en la edad el pavo y, si bien Helene no era la única chica de la clase que le gustaba, sí era la que mejor le caía y la que le inspiraba más sueños románticos.

Una noche Hank salió del gimnasio donde recibía clases de kárate y se encaminó hacia su casa, pero entonces recibió un mensaje de Helene.

-Hank, estoy caminando sola en medio de Irving Park y hay un tipo de mala pinta que lleva un rato siguiéndome. Tengo miedo. ¿Podrías acercarte aquí para acompañarme a la residencia? Si te va bien, te espero junto a la estatua de Washington Irving, ¿vale?

Hank aceptó acudir en rescate de su Dulcinea, pues Irving Park estaba muy cerca del gimnasio y aquella parecía una buena oportunidad para ganarse la estima de Helene. A él no le extrañaba que su amiga estuviera asustada, pues últimamente varias niñas de la ciudad habían sido violadas por un pedófilo no identificado. Lo raro era que se hubiera atrevido a ir sola al tenebroso Irving Park en plena noche, pero Hank asumía que Helene era algo excéntrica y, en todo caso, ya tendría tiempo de preguntarle al respecto cuando la encontrara.

Pero, cuando Hank llegó al parque, no halló ni rastro de Helene y, aunque la llamó varias veces, no obtuvo respuesta. Entonces pisó algo metálico que se hallaba tirado en el suelo, a pocos pasos de la estatua de Irving. Hank se agachó para ver de qué se trataba y vio, sorprendido, que era una magnífica espada japonesa. A Hank, como buen aficionado a las artes marciales, le hubiera gustado tener un arma así y sintió una extraña sensación de familiaridad en su mente. Estaba seguro de que había visto aquella espada anteriormente, aunque no podía situarla en ningún recuerdo concreto de su pasado. Fuera como fuera, no era suya y debía devolvérsela a su dueño, que evidentemente la había perdido, pues nadie se desprendería voluntariamente de un arma tan valiosa. Alguien había pegado a la hoja un papel adhesivo, donde estaba escrita una dirección. Hank supuso que aquella era la dirección del dueño de la espada y, como aquella calle le quedaba muy cerca, decidió pasar por allí para devolverle el arma a su presunto propietario. Luego volvería a llamar a Helene y, si esta seguía sin contestar, avisaría a la policía, aunque para sus adentros Hank pensaba que su amiga le estaba gastando una broma pesada.

Cuando Hank llegó a la casa cuya dirección había leído, llamó varias veces al timbre de la puerta, pero no contestó nadie. Entonces escuchó un gemido procedente de un edificio anexo, probablemente un garaje. Hank entró en dicho edificio, cuya puerta estaba abierta, y se quedó paralizado por la sorpresa cuando se encontró con Helene, que estaba atada a una silla y tenía una mordaza en la boca. Tras reponerse del susto, el muchacho se acercó a su amiga y le quitó la mordaza. Cuando Helene pudo hablar, le dijo con voz nerviosa:

-El hombre del parque me trajo aquí. Dijo que iba a la farmacia a comprar preservativos y que luego volvería para…

-¡Vale, Helene, tranquila! Ahora mismo te desato y…

En aquel mismo instante atravesó la puerta del garaje el raptor de Helene, quien al ver a Hank sonrió cruelmente y extrajo una pistola del bolsillo, con la inequívoca intención de asesinar al muchacho. Pero este reaccionó con increíble rapidez y casi sin pensar, como si fuera su espada la que estuviera moviendo su mano y no al revés. Un único y preciso mandoble fue suficiente para desarmar al criminal, quien se postró ante Hank, pálido de terror y con la mano derecha ensangrentada, pues el tajo le había arrebatado varios dedos junto con la pistola. Suplicó con voz llorosa:

-¡Por favor, no me mates! ¡Te juro que solo quería asustarte, nada más!

Hank, fingiendo más seguridad en sí mismo de la que sentía realmente, se limitó a echarle una mirada de perdonavidas y se dispuso a desatar a Helene. Pero el criminal no estaba tan asustado como parecía y aprovechó aquella momentánea distracción de Hank para levantarse rápidamente, agarrar un cuchillo con su mano izquierda y arrojarse sobre el muchacho con intenciones asesinas. Hank no hubiera tenido tiempo de esquivar la cuchillada, pero Helene, que ya tenía las manos libres, chasqueó los dedos. Y entonces una fuerza sobrenatural atrapó al secuestrador y lo arrojó violentamente contra la pared. La fuerza del impacto fue tan grande que el criminal rebotó y cayó al suelo inconsciente. Hank, muy sorprendido y bastante asustado, no pudo contener un grito:

-¡Pero Helene, tú no eres humana!

La muchacha, cuyos ojos castaños habían empezado a emitir un extraño brillo rojizo, sonrió y le dijo a Hank en voz baja:

-Por suerte para ti, eso que has dicho es cierto. Una vez fui humana, pero ahora soy un vampiro. De todas formas, puedes estar tranquilo. No voy a hacerte daño, aunque sí a reñirte un poco, pues solo has aprobado el examen por los pelos. Tu técnica con la espada es excelente, pero no puedes bajar la guardia en ningún momento, ¿entiendes?

Hank no entendía nada, así que Helene, compadecida de su estupefacción, siguió diciendo:

-No estás aquí por casualidad. Permití que ese cerdo me secuestrara para probar tu valentía, pero antes dejé la espada con la dirección de su casa en un lugar donde pudieras encontrarla.

-O sea, que esta espada es tuya.

-No, Hank, te pertenece a ti.

-¿Es que… me la estás regalando?

-No, esa espada es tuya desde hace siglos. En una vida anterior fuiste un poderoso samurái y la hiciste forjar, con acero y magia, para destruir a un terrible demonio que amenazaba tu pueblo. El demonio y tú moristeis en el combate, pero ahora los dos habéis vuelto al mundo, tú bajo el nombre de Hank Baker y el demonio como el monstruo que está intentando destruir la Tierra.

-Bueno, que estaba… ¿No te acuerdas de que lo destruyó un misil?

-Eso no es cierto. El misil ha retrasado su llegada, pero el monstruo sigue vivo, pues la única arma capaz de matarlo es tu espada. Durante muchos años ha sido empleada contra toda clase de seres malignos. Su último dueño fue un buen amigo mío, llamado Daniel Hunter, pero ahora él reposa en el Más Allá y tú eres la única persona en el mundo que puede manejarla. Sin tu ayuda todos los seres del mundo -naturales y sobrenaturales- estaremos condenados a muerte. Yo te ayudaré todo lo que pueda, pero el único que puede ganar esta guerra eres tú. Dime, Hank, ¿estás dispuesto a luchar cuando llegue el momento?

Hank no sabía negarle nada a una chica guapa, aunque fuera un vampiro, y respondió con una sonrisa que valía por un sí.

 

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