Otro Minicuento Macabro

Aquella mañana, durante el desayuno, Juan le dijo a su mujer: -¿Qué tal has dormido esta noche? -Mal… como tú, supongo. El niño de los nuevos vecinos no dejó de llorar hasta la madrugada. -Sí. Y lo mismo pasó la otra noche. Pero lo raro es que, cuando los vi llegar, me pareció que no traían ningún niño con ellos. Supongo que no me fijé bien. Cuando termine de desayunar me pasaré por su casa y les preguntaré qué tal está su hijo. Supongo que es nuestro deber como buenos vecinos preocuparnos por su salud, ¿no

Aquella mañana, durante el desayuno, Juan le dijo a su mujer:

-¿Qué tal has dormido esta noche?
-Mal… como tú, supongo. El niño de los nuevos vecinos no dejó de llorar hasta la madrugada.
-Sí. Y lo mismo pasó la otra noche. Pero lo raro es que, cuando los vi llegar, me pareció que no traían ningún niño con ellos. Supongo que no me fijé bien. Cuando termine de desayunar me pasaré por su casa y les preguntaré qué tal está su hijo. Supongo que es nuestro deber como buenos vecinos preocuparnos por su salud, ¿no te parece?

Poco después, Juan volvió a su casa, pálido como un muerto, y le dijo a su mujer, con la voz entrecortada por el miedo:

-¡Dios mío, les ha costado, pero finalmente me han confesado la verdad! Antes tenían un hijo, pero se les murió siendo muy pequeño. Y ahora, vayan a donde vayan, el alma del niño vuelve con ellos por las noches. ¡Los llantos que oímos anoche no eran de un bebé de carne y hueso, sino de un niño fantasma! ¡Tenemos que irnos de esta casa cuanto antes, si oyera de nuevo llorar a ese niño no podría soportarlo!

Juan y su mujer se mudaron, pero antes hicieron correr la voz de que en la casa de los nuevos vecinos se oía por las noches el llanto de un niño fantasma. Así, aquella casa se convirtió en el lugar más temido y rehuido de toda la ciudad, un lugar al que nadie osaba acercarse ni siquiera bajo la luz del día. Y así fue como los nuevos vecinos pudieron seguir raptando y asesinando niños con total impunidad.

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