Ojos Verdes

OJOS VERDES (cuento fantástico): El sentimiento que nos ligaba a Berenice y a mí se parecía mucho al amor, pero era algo infinitamente más intenso y profundo. Podía decirse que ella y yo éramos, en cierto modo, la misma persona o, dicho de otra forma, dos partes del mismo todo. Pero el todo del que ambos formábamos parte se rompió cruelmente cuando Berenice, que aún no había cumplido los catorce años, murió víctima de una misteriosa enfermedad. En virtud de que tenía ciertos lazos familiares con ella, se me

El sentimiento que nos ligaba a Berenice y a mí se parecía mucho al amor, pero era algo infinitamente más intenso y profundo. Podía decirse que ella y yo éramos, en cierto modo, la misma persona o, dicho de otra forma, dos partes del mismo todo. Pero el todo del que ambos formábamos parte se rompió cruelmente cuando Berenice, que aún no había cumplido los catorce años, murió víctima de una misteriosa enfermedad. En virtud de que tenía ciertos lazos familiares con ella, se me permitió hacerle una última visita cuando ya se hallaba a las puertas de la muerte. Aunque depauperada por la fiebre, seguía siendo muy bella y, cuando me vio, reunió sus últimas fuerzas para dedicarme la más dulce de sus sonrisas. Luego me dijo con una voz apenas audible:

-¡No llores por mí, Eduardo! Yo creo que las puertas de la muerte pueden abrirse y sé que, de un modo u otro, estaré contigo cuando más me necesites. 

Yo quise decirle algo (no recuerdo qué), pero entonces empezó a vomitar sangre y una enfermera me ordenó abandonar el cuarto. Pocos minutos después, mi padre me anunció, compungido, que Berenice ya no formaba parte del mundo de los vivos.
...
Pasaron los años, pero nunca pude olvidar a Berenice, pese a que solo conservaba un recuerdo material de ella. Me refiero a un retrato que le había hecho cuando éramos niños (siempre se me ha dado bien dibujar), en el cual aparecía caminando al lado del mar, con el vestido blanco que siempre llevaba puesto en mis sueños.
Una década y media después de su muerte, el agujero que su pérdida había abierto en mi alma aún se resistía a cerrarse y quizás ese fuera el principal motivo, junto con mi natural negligencia, de que mi vida pudiera considerarse un fracaso. Una vez fallecidos mis padres, me había quedado solo en el mundo, pues no tenía pareja ni verdaderos amigos. Había terminado con excelentes calificaciones la carrera de Bellas Artes, pero mis intentos de obtener una plaza como profesor de Dibujo resultaron infructuosos. Tras numerosas decepciones, lo único que conseguí fue que una pequeña editorial me contratara para ilustrar los cuentos de Edgar Allan Poe, mi autor predilecto. Ese trabajo, en el que di lo mejor de mí mismo, no me reportó demasiados beneficios económicos, pero sí me otorgó cierto prestigio como dibujante. Mientras esperaba nuevos encargos, uno de los hombres más ricos de la ciudad me eligió para darle clases particulares de Dibujo Artístico a su hija. Así fue como conocí a Sandra, una chica de catorce años cuya extraordinaria semejanza con Berenice no podía pasar desapercibida para mí. Realmente eran físicamente idénticas, salvo por un detalle: Berenice tenía los ojos verdes, mientras que los de Sandra eran de un bonito color azul. Teniendo en cuenta, además, que mi alumna había nacido exactamente nueve meses después de que Berenice hubiera abandonado este mundo, una idea extravagante empezó a echar raíces en mi mente, siempre predispuesta al delirio.
Cuanto más conocía a Sandra, más convencido me sentía de que mi idea no podía ser un simple delirio. Su semejanza con Berenice no se reducía a lo físico, pues también incluía algunos rasgos de su personalidad, incluyendo su carácter alegre y su dulzura. Y desde el principio me recibió con una sorprendente familiaridad, como si en vez de su profesor yo fuera un amigo al que ella conociera de toda la vida. Pronto llegué a creer seriamente que Berenice se había reencarnado en Sandra, cumpliendo así su promesa de volver al mundo para devolverme la felicidad que su prematura muerte me había arrebatado. Eso sí, la suya era una reencarnación imperfecta, como si algunas piezas se hubieran quedado en el otro mundo o se hubieran ido a otra parte, pues, como ya he dicho, Sandra no tenía los ojos de Berenice, ni tampoco su ágil inteligencia (claro que, de otro modo, nunca la hubiera conocido, pues la Berenice original era demasiado buena estudiante para necesitar clases particulares).
Pasado algún tiempo, me decidí a hablar con Sandra del tema, a ver si conseguía despertar en ella algún recuerdo de su vida anterior y confirmar, de ese modo, mis sospechas. Cuando cumplió quince años, fui a su casa y le regalé el retrato de Berenice, diciéndole que aquella era su imagen. Sandra me agradeció el regalo con una sonrisa, pero, tras examinar el dibujo, pronunció unas palabras que me helaron el corazón:

-Es muy bonito... aunque esa chica no soy yo.

No sin esfuerzo, conseguí decir:

-Pero... ¿es que no te gusta?
-Claro que me gusta, solo digo que esta es otra chica. Se me parece, sí, pero, para empezar, yo no tengo ningún vestido como ese. Y además...

Sin saber bien lo que hacía, agarré a Sandra por las muñecas, la acerqué a mí casi a la fuerza y le dije:

-¡A la mierda el vestido! ¡Esa eres tú, estoy seguro de que lo eres!
Sandra, que ya no sonreía, me miró con una sombra de temor en sus ojos y dijo:
-¡Suéltame, me haces daño! ¡Por favor, Eduardo, ya está bien!
-Tranquila, Berenice, sabes que yo nunca te haría daño.
-¡Yo no me llamo Berenice, yo soy Sandra! ¿Pero qué te pasa hoy? ¡Suéltame de una vez o grito!

Yo estaba demasiado excitado para reparar en sus palabras y, aunque no pretendía hacerle ningún daño, tampoco la solté. Ella, realmente asustada, cumplió su amenaza de gritar pidiendo auxilio. Entonces yo, enfurecido por la decepción, la arrojé al suelo con brusquedad y, tras derribar a su padre cuando este intentó detenerme, salí corriendo de aquella casa, sintiendo que mi alma se había hecho añicos para siempre. Vagué sin rumbo por las calles de la ciudad hasta que fui detenido por una patrulla de la policía. Los padres de Sandra me habían denunciado por agresión a una menor y yo renuncié a defenderme, pues en aquel momento ya nada me importaba en el mundo. 
Fui declarado culpable y hube de pasar algún tiempo en la cárcel, donde sufrí en silencio toda clase de vejaciones. Como necesitaba aferrarme a algo para seguir adelante, dejé que el odio llenara mi alma y juré que, cuando saliera de allí, me vengaría de Sandra y sus padres por haber arruinado mi vida. El verdadero motivo de mi odio hacia Sandra no se debía a que ella me hubiera denunciado (a fin de cuentas, yo le había dado buenas razones para ello), sino que hubiera profanado el cuerpo de Berenice, cuando espiritualmente no podían ser más distintas.
...
Una vez libre, fingí abandonar la ciudad, pero finalmente no tomé el tren donde había reservado plaza y aquella misma noche penetré inadvertidamente en el jardín de la casa donde ella vivía con sus padres. Por miedo a hacer ruido, no intenté forzar la puerta, sino que me oculté entre los arbustos y esperé a que saliera el padre de Sandra, quien siempre se levantaba muy temprano para ir al trabajo. Cuando él salió de la casa aún era de noche, así que, aprovechando la oscuridad y su amodorramiento, me lancé sobre él y lo derribé de un golpe. Luego le quité las llaves y lo dejé en el vestíbulo, atado, amordazado y aún aturdido por el golpe. Tras subir las escaleras que llevaban a los dormitorios de la segunda planta, entré en el cuarto donde dormía la madre de Sandra, quien me tomó por su marido y me preguntó si me había olvidado de algo. Por toda respuesta, me arrojé sobre ella, le tapé la boca y la dejé sobre su cama, igualmente atada y amordazada. Luego fui por Sandra. Los gemidos de su madre la habían despertado y, al contrario que esta, me reconoció cuando entré en su cuarto. Adivinando mis intenciones, chilló llamando a sus padres, pero estos no podían hacer nada por ella.

Tras dejar a los tres miembros de la familia bien atados y amordazados, bajé al sótano para consumar mi venganza. Llevaba conmigo todo lo que necesitaba: una lata de gasolina y un encendedor. Estaba bajando las escaleras cuando oí unos gemidos lastimeros que me sobresaltaron. Me volví y descubrí que aquellos gemidos eran, en realidad, los maullidos de Bella, la gata de Sandra, que me miraba desde lo alto de la escalera con sus brillantes ojos verdes. Todos los gatos negros tienen los ojos mágicos, pero los de Bella me contemplaban con un matiz de tristeza realmente humano, preguntándome en qué me había convertido. La gata sostuvo mi mirada durante unos segundos, luego desapareció entre las sombras y ya no la vi más. Entonces tiré lo que llevaba en las manos y abandoné aquella casa para siempre. Yo era por aquel entonces el más miserable de los hombres, pero había encontrado lo que buscaba y en la noche de mi alma siempre brillarían dos estrellas verdes.

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