La Sombra III (Final)

El licántropo los destrozó a todos en cuestión de segundos, pero aún no estaba satisfecho y se acercó, con malignas intenciones, hacia su madre y su hermana, quienes, al estar atadas y amordazadas, no tenían ninguna oportunidad de huir. Pero, cuando el licántropo estaba a punto de matarlas, apareció la Chica de la Medianoche y usó su poder para matar a Ruy, tal como él mismo había aceptado pocos minutos antes. El cuerpo del licántropo se desvaneció en la nada, para que su alma fuera libre de viajar al Más A

(Resumen de lo anterior: Rosa Méndez, una adinerada y atractiva mujer aficionada a las ciencias ocultas, le ofreció su cuerpo a un demonio primordial, que a cambio le proporcionó energía para prolongar su juventud. De esas relaciones nació Ruy, un muchacho dotado de extraños poderes. Cuando Ruy llega a la adolescencia, descubre su origen y los turbios manejos de su madre, por lo que decide huir de su casa. Tiempo después, una agente de su madre llamada Vera intenta tenderle una emboscada, pero Ruy consigue huir nuevamente, no sin antes salvar a Vera de morir en un incendio.)

(Resumen de episodios anteriores: Rosa Méndez, una adinerada y atractiva mujer aficionada a las ciencias ocultas, le ofreció su cuerpo a un demonio primordial, que a cambio le proporcionó energía para prolongar su juventud. De esas relaciones nació Ruy, un muchacho dotado de extraños poderes. Cuando Ruy llega a la adolescencia, descubre su origen y los turbios manejos de su madre, por lo que decide huir de su casa. Tiempo después, una agente de su madre llamada Vera intenta tenderle una emboscada, pero Ruy consigue huir nuevamente, no sin antes salvar a Vera de morir en un incendio.)

Aquella noche una mujer joven se adentró en las oscuras entrañas de un edificio abandonado y dijo en voz alta:

-Ruy, sé que estás aquí. Sal, por favor. No voy a hacerte daño.

Un muchacho andrajoso surgió de las sombras y le dijo a la recién llegada:

-No te tengo miedo, Vera, pero eso no significa que quiera hablar contigo. Creo recordar que somos enemigos.

-Sí, pero las cosas han cambiado últimamente. Tu madre ha sido secuestrada.

Ruy se estremeció al oír estas palabras, pues él, a pesar de todo, aún quería a su madre.

-¿Sabes dónde la tienen?

-Lo sé, pero no puedo confiar en la policía. Si aún te importa algo la vida de Rosa, tienes que ayudarme a salvarla… y tiene que ser esta misma noche, porque mañana podría ser demasiado tarde.

-Dime dónde está e iré por ella.

-No puedes ir solo, los secuestradores son demasiados incluso para alguien como tú. Yo no tengo tus poderes, pero mi infancia fue un adiestramiento continuo, así que puedo serte útil si las cosas se ponen feas.

Ruy sintió que podía confiar en Vera, así que se subió a su coche. Mientras ella conducía por una carretera rural poco transitada, él le preguntó:

-Por cierto, ¿cómo me has encontrado?

-Cuando me salvaste la vida pegué a tu ropa un pequeño dispositivo localizador. Rosa también lleva uno, por eso sé dónde está.

-Me extraña que mi madre siga confiando en ti, pese a tu fracaso en aquella emboscada. Parece que te estima bastante.

Vera contestó con voz iracunda, como si las palabras de Ruy hubieran despertado un resentimiento latente:

-¿Estimarme ella? ¡Siempre me ha tratado como una basura! Cuando era niña apenas vino dos veces a verme.

Ruy, sinceramente sorprendido, preguntó:

-¿Cuando eras niña? ¿Qué relación podías tener con mi madre entonces?

-Perdona, olvidé que no lo sabías. Aunque sí sabrás lo que hizo Rosa cuando era joven: le ofreció su cuerpo a un demonio en un rito de brujería.

 -Sí. Y de esa unión nací yo.

-Pero no fuiste el único. Bueno, para ella sí lo fuiste. Por algún motivo que ni sé ni quiero saber, solo le interesaba su hijo varón. A mí ni siquiera me quiso en su casa.

-¡Vera, tú eres mi…!

-Sí, Ruy. Al contrario que tú, yo no heredé poderes sobrenaturales del demonio que nos engendró, pero soy una buena luchadora. Si realmente hubiera querido matarte aquella vez, ahora estarías muerto… hermanito.

-Lamento que hayas sufrido tanto, Vera. De verdad que lo siento.

Ella sonrió por primera vez aquella noche.

-No eres tú quien debería sentirlo. Pero te agradezco tu compasión y te pido disculpas por haberte tendido aquella emboscada. Si vamos a morir esta noche, al menos lo haremos como buenos hermanos.

Ya no había tiempo para más. Vera aparcó el coche en medio de una arboleda y luego continuaron a pie, moviéndose sigilosamente entre las sombras de la noche. Tras cortar los alambres de una valla, se acercaron a una fábrica abandonada. Era un lugar poco frecuentado, pero aquella noche varios hombres armados caminaban alrededor del viejo edificio, preparados para recibir a tiros cualquier posible intrusión. Ruy no necesitó que nadie le dijera nada. Adoptó su forma de combate, que le daba el aspecto de una enorme bestia semejante a un lobo, y se abalanzó sobre los centinelas, mientras Vera aprovechaba la confusión para entrar en la fábrica. Los secuestradores no esperaban el ataque de un enemigo semejante y, en vez de disparar, se quedaron paralizados de terror. Ruy solo necesitó unos pocos segundos para derribar a los centinelas y, aunque su sexto sentido lo advertía de un peligro inminente, en esta ocasión la preocupación por su madre (y también por Vera) pudo más que la prudencia. Intentó entrar en la fábrica para ayudar a su hermana, pero entonces sonó un estampido y Ruy cayó al suelo, mortalmente herido por un francotirador apostado en la azotea. Supo que, pese a todo su poder, iba a morir sin remedio y recobró espontáneamente su forma humana, como hacen todos los licántropos cuando van a exhalar su último suspiro.

Dentro de la fábrica Vera había sido rodeada por los secuestradores y, adivinando que ya no podía contar con Ruy, optó por rendirse. Alguien propuso pegarle un tiro, pero el jefe de la banda ordenó llevarla con Rosa, pues, según sus propias palabras, “sería un desperdicio matar a una chica tan guapa”. Así pues, Rosa y Vera (madre e hija, aunque a simple vista parecían casi de la misma edad) acabaron juntas, atadas y amordazadas bajo la continua -y libidinosa- vigilancia de sus captores.

Mientras tanto, Ruy se moría irremediablemente, sobre un charco formado por su propia sangre. Pero aún podía ver y sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, distinguieron una sombra pálida que se acercaba a él lentamente. Se trataba de una hermosa niña, de rostro dulce y melancólico, tez nívea y ojos sumamente tristes. Ruy le dijo con sus últimas fuerzas:

-Te veo, pero no puedo oír tus pasos ni olerte. Debes de ser aún menos humana que yo. ¿Eres acaso la Muerte?

La niña le respondió con una voz tan dulce y triste como su rostro, mientras el campanario de una iglesia lejana anunciaba la medianoche:

-He sido la Muerte para muchos. Quería conocerte, Ruy, pero hasta ahora no tenía nada que ofrecerte. ¿Has oído hablar de la Chica de la Medianoche?

(Ruy recordó una leyenda urbana que había oído cuando iba al colegio. Dicha leyenda hablaba de una niña fantasmal, que se aparecía a medianoche y con la cual se podía hacer un pacto terrible: la muerte de tu peor enemigo a cambio de tu alma.)

-Yo tampoco tengo nada que ofrecerte a ti. Ya lo he perdido todo, mi cuerpo y mi alma.

-Tu alma no tiene por qué perderse. Has vagado por los lugares más oscuros de este mundo y conocido los distintos rostros del Mal. Tu espíritu podría unirse a mí y ayudarme en mi cometido. Es un destino triste, pero preferible a desaparecer en el Infierno. Además, puedo hacer algo por ellas.

-¿Las salvarás si acepto servirte?

-Yo no puedo salvar a nadie, solo puedo matar. Pero a veces la muerte de unos es la salvación de otros.

-¿Podrías matar a los secuestradores?

-No, solo puedo matar a una persona cada noche y ellos son trece. Pero, si te parece bien, podemos hacerlo de otra manera.

Tras oír y aceptar la propuesta de aquel misterioso fantasma, Ruy liberó todo su poder oculto, que hasta entonces había reprimido por miedo a perder el control y dañar a personas inocentes. Su herida se curó al instante y su cuerpo volvió a adoptar la forma de un enorme lobo. Pero esta vez su mente también se transformó y Ruy perdió toda su inteligencia humana, convirtiéndose en una bestia cruel y sedienta de sangre, incapaz de distinguir entre amigos y enemigos. Entró en la fábrica y los secuestradores, que lo habían dado por muerto, chillaron aterrorizados al verlo. Algunos tuvieron tiempo de sacar sus armas, pero sus disparos solo sirvieron para aumentar la furia del monstruo, que se había vuelto casi indestructible. 

El licántropo los destrozó a todos en cuestión de segundos, pero aún no estaba satisfecho y se acercó, con malignas intenciones, hacia su madre y su hermana, quienes, al estar atadas y amordazadas, no tenían ninguna oportunidad de huir. Pero, cuando el licántropo estaba a punto de matarlas, apareció la Chica de la Medianoche y usó su poder para matar a Ruy, tal como él mismo había aceptado pocos minutos antes. El cuerpo del licántropo se desvaneció en la nada, para que su alma fuera libre de viajar al Más Allá con la Chica de la Medianoche. Esta, antes de irse, se volvió hacia las prisioneras y les dijo:

-Olvidaréis todo esto, incluso la existencia de Ruy. Vosotras no merecéis recordarlo.

Dicho esto, la Chica de la Medianoche desapareció con el alma de Ruy, mientras la policía, alertada por el tiroteo, acudía a la fábrica para rescatar a Rosa y a Vera.

 

 

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