La Sombra Del Diablo (Nueva Versión)

Ruy Méndez era un adolescente español de buena familia, que vivía en una lujosa casa de campo con su madre, Rosa, y con su hermana gemela, Vera. Rosa era una mujer rica, culta y, sobre todo, muy bella, que aparentaba diez años menos de los que tenía realmente. Se mostraba muy cariñosa con sus hijos, especialmente con Ruy, aunque siempre se había negado rotundamente a hablarles de su padre, quien al parecer se había ido o había muerto cuando ellos eran muy pequeños. Dejando aparte esta laguna en su pasado, l

Ruy Méndez era un adolescente español de buena familia, que vivía en una lujosa casa de campo con su madre, Rosa, y con su hermana gemela, Vera. Rosa era una mujer rica, culta y, sobre todo, muy bella, que aparentaba diez años menos de los que tenía realmente. Se mostraba muy cariñosa con sus hijos, especialmente con Ruy, aunque siempre se había negado rotundamente a hablarles de su padre, quien al parecer se había ido o había muerto cuando ellos eran muy pequeños. Dejando aparte esta laguna en su pasado, la vida de Ruy era tranquila y feliz, aunque últimamente tenía extrañas pesadillas que enturbiaban sus noches. Había una que se repetía con bastante frecuencia: soñaba que una sombra pálida, vagamente semejante a una niña fantasmal, lo miraba con ojos tristes desde el otro lado de la ventana (situada a cinco metros del suelo). Aquella sombra también le susurraba palabras que Ruy podía comprender, pero que olvidaba al despertarse. Solo una frase, aparentemente sin sentido, permanecía anclada en su memoria:

-"Si quieres saber la verdad, Alhazred te dará la respuesta."

Fuera como fuera, Ruy nunca se había atrevido a hablarle a su madre de sus pesadillas, por miedo a que le prohibiera seguir viendo películas de terror en Internet.

Una tarde, cuando Ruy volvió del colegio, su madre le propuso ir con ella a la ciudad, para asistir al estreno de la nueva película de Star Wars (Vera no los acompañaría, pues no le gustaba el cine fantástico y prefería quedarse en su cuarto chateando con sus amigas). Ruy, en cambio, era fan de la saga, así que aceptó encantado la invitación de su madre.

Cuando madre e hijo llegaron a la ciudad, dejaron el coche en un parking subterráneo, pero, nada más salir del vehículo, fueron abordados por un desconocido, que se acercó a ellos con una pistola en la mano y les dijo:

-Vais a venir conmigo los dos. Y que no se os ocurra hacer ninguna tontería.

Ruy no carecía de valor. Hizo ademán de enfrentarse al desconocido, pero Rosa lo detuvo a tiempo y le ofreció su bolso al asaltante. Este rechazó su ofrecimiento y le dijo:

-No quiero tu dinero, guapa… os quiero a vosotros.

Dicho esto, les ordenó subir a una furgoneta aparcada en el rincón más oscuro del parking.

Después de un largo viaje por las afueras de la ciudad, el secuestrador ordenó a sus víctimas bajar del vehículo. Se hallaban en un amplio sótano o garaje, donde había dos objetos incongruentes: una moderna videocámara instalada sobre un trípode y una amplia cama de matrimonio, situada enfrente del objetivo. Sin dejar de apuntarlos con su arma, aquel hombre les dijo:

-Ahora vais a quitaros la ropa, ¿entendido?

Después de que madre e hijo se desnudaran, el secuestrador los ató, los amordazó y los obligó a acostarse juntos sobre la cama, como si fueran dos amantes. Luego les dijo:

-Una madre guapa acostada con su hijo adolescente… Aunque os parezca mentira, hay gente a la que le gusta ver estas cosas. Alguien que no conozco contactó conmigo a través de la Deep Web y me ofreció mucho dinero por grabar una película snuff, cuyos protagonistas seréis vosotros mismos. Pero aún falta algo, por si tenéis escrúpulos.

El secuestrador sacó de un botiquín una jeringuilla y le inyectó a Ruy un poderoso estimulante sexual, capaz de vencer la voluntad más férrea. Luego se puso a grabar tranquilamente aquella escena, como si se tratara del más inocente vídeo familiar.

Ruy intentó luchar contra los efectos de la droga, pero fue inútil y, tras varios minutos de infructuosa resistencia, acabó eyaculando en el vientre de su madre. Mientras el secuestrador estaba distraído grabando el incesto, Rosa consiguió cortar sus ligaduras con una pinza para el pelo que había escondido en la mano derecha. Una vez libre, se levantó rápidamente, se hizo con la pistola del secuestrador (que este había dejado sobre una silla porque necesitaba ambas manos para manejar la videocámara) y lo mató de un tiro en la cabeza. Luego desató a Ruy, que estaba llorando como un niño pequeño, lo abrazó e intentó tranquilizarlo con palabras cariñosas. Cuando fue capaz de hablar, Ruy balbuceó con la voz entrecortada por el llanto:

-Lo siento mucho, mamá. Yo… ¡te juro que no quería!

-Tranquilo, cariño. No fuiste tú, sino la droga que te había inyectado ese cerdo.

-¿Por qué nos ha hecho esto? ¿Quién pudo haberle ordenado que lo hiciera?

-Por el momento eso no importa. Ahora debemos irnos de aquí.

-Pero… ¿es que no vamos a llamar a la policía?

-¡De ningún modo! Nadie, ni siquiera Vera, sabrá nunca lo que nos ha pasado. Ese cabrón ya no hablará y no hay más testigos. Pero alguien pudo haber oído el disparo, así que debemos marcharnos lo antes posible.

Ruy y Rosa se vistieron rápidamente y abandonaron aquella casa sin ser vistos por nadie. Ya había oscurecido y apenas había edificios habitados por los alrededores, así que pudieron alcanzar la carretera más cercana sin llamar la atención. Una vez allí, tomaron un taxi que los llevó al parking donde habían dejado el coche y volvieron a su hogar hacia las once de la noche.

Una vez en casa, Rosa le dijo a Ruy:

-Voy a la farmacia de guardia a comprar la píldora del día después, por si acaso. Eso me llevará algún tiempo, así que será mejor que te acuestes.

-¿Que me acueste? ¿Crees que podré dormir después de lo que ha pasado hoy?

-No, pero los criados sospecharían si vieran que sigues despierto después de medianoche. Recuerda que debemos actuar como si no hubiera pasado nada.

Después de que su madre abandonara la mansión, Ruy, en vez de acostarse, decidió esperarla en la biblioteca, pues sentía necesidad de hablar con ella y a ningún criado se le ocurriría entrar allí en plena noche. Cuando entró en la biblioteca, Ruy se fijó en que su madre había dejado un libro sobre la mesa. Parecía ser un tratado de magia negra y en la portada ponía: “El Necronomicón, de Abdul Alhazred. Traducción de Jorge Luis. Borges”. Aunque Ruy era aficionado al cine fantástico, no le interesaba el ocultismo y nunca se le hubiera ocurrido abrir aquel libro, de no ser por aquella frase que tantas veces había oído en sus sueños: “si quieres saber la verdad, Alhazred te dará la respuesta”. Pero, guiado por un impulso casi involuntario, empezó a hojear aquellas páginas amarillentas y lo que leyó le produjo un estremecimiento de horror.

Cuando Rosa volvió a casa, se encaminó directamente hacia la biblioteca, pues había visto que la luz estaba encendida. Cuando vio a Ruy con aquel libro en sus manos, le dijo furiosa:

-¿No te he dicho que te acostaras? ¿Y quién te ha dado permiso para manosear ese libro?

Ruy la interrumpió y gritó, aún más enfadado que ella:

-¡Mamá, fuiste tú! ¡Ahora lo entiendo todo!

-¿A qué te refieres?

-¡A todo lo que tú has hecho conmigo! Siempre te ha dado miedo envejecer y perder tu belleza, así que una vez usaste la magia de este libro para invocar a un demonio primordial y hacer un pacto con él: le ofreciste tu cuerpo a cambio de que él inyectara su energía en tu cuerpo, de modo que no pudieras envejecer durante varios años. Y de esa unión nacimos Vera y yo. Hace poco intentaste repetir el ritual para mantenerte joven algunos años más, pero era algo que solo podía hacerse una vez, así que optaste por un plan B. Quien inyectaría su energía en tu cuerpo no sería ese demonio, sino su hijo… ¡o sea, yo mismo! Como sabías que yo nunca me acostaría contigo voluntariamente, contactaste en secreto con el hombre que nos secuestró y le dijiste lo que debía hacer. Por eso no le dijiste a Vera que viniera con nosotros. Y por eso hoy llevabas una pinza para el pelo, cuando casi nunca las usas. ¡Pero no volverás a jugar conmigo nunca más! ¡Ni siquiera volverás a verme!

Atraídos por los gritos de Ruy, los criados de Rosa entraron en la biblioteca y su ama les dijo, visiblemente alterada:

-¡Agarrad a mi hijo y encerradlo en su cuarto! ¡Se ha vuelto loco!

Pero Ruy, presa de una rabia incontenible, se abrió paso a empujones y abandonó la casa rápidamente. Rosa salió en su busca, pero, aunque registró todo el jardín y buena parte del bosque cercano, no encontró ni rastro de él. Tan alterada estaba que dos cosas extrañas se le pasaron completamente desapercibidas: una fue la furgoneta que se acercaba lentamente por la carretera. La otra fue una sombra fantasmal que la observaba desde la copa de un árbol con ojos tristes.

 

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