La Sombra Del Diablo II (Nueva Versión)

-¿Quieres decir… que las salvarás si acepto servirte? -Yo no puedo salvar a nadie, mi única misión es matar.  -Pero si matas a todos los secuestradores… -Solo puedo matar a una persona cada noche. Pero recuerda lo que tantas veces te he dicho en tus sueños: Alhazred te dará la respuesta. O, mejor dicho, ya te la ha dado. Recuérdala. Ruy dedicó su último pensamiento lúcido a recordar lo que había leído en el Necronomicón de Abdul Alhazred, aquel misterioso libro de magia que le había revelado la verdad sobre

Ruy, un adolescente español de buena familia, vivía feliz con su madre y su hermana Vera, hasta que cierta noche una traumática experiencia y la lectura de un viejo libro de magia le revelaron la terrible verdad: antes de que Ruy naciera, su madre le había ofrecido su cuerpo a un demonio a cambio de prolongar su juventud, de modo que tanto él como su hermana habían nacido de aquella unión impía. Cuando comprendió que su madre pretendía usarlo para repetir el ritual, Ruy, asqueado y furioso, huyó al bosque (todos estos hechos se narran en el relato “La sombra del Diablo”).
...
Tras una ardua y angustiosa caminata por el bosque nocturno, Vera llegó jadeando al viejo molino donde Ruy y ella solían refugiarse cuando eran niños, siempre que se sentían tristes y necesitaban un momento de soledad. Tras tomar aliento y secarse el sudor de la frente, la muchacha dijo con voz trémula:

-Ruy, por favor, ¿estás ahí? Soy yo, Vera.

Tras reconocer la voz de su hermana, Ruy salió de su escondrijo y le dijo:

-Si te envía mamá, dile que no quiero volver a verla nunca más. 

Entonces un rayo de luna iluminó la entrada del molino y Ruy vio, sorprendido, el estado en el que se encontraba Vera. Estaba muy pálida y desmelenada, tenía la ropa desgarrada y sus pies descalzos estaban teñidos de sangre. Comprendiendo que le había sucedido algo grave, Ruy le preguntó:

-¿Qué ha pasado?
-Después de que te marcharas entraron en casa unos hombres armados. Mataron a todos los criados e hicieron prisionera a mamá. Yo conseguí escapar saltando por la ventana de mi cuarto, pero perdí mi móvil y no pude llamar a la policía. Luego intenté llegar a la carretera para pedir ayuda al primer coche que pasara, pero esos hombres me bloquearon el paso y tuve que refugiarme en el bosque. Luego me acordé del molino y pensé que quizás te hubieras escondido aquí, como cuando éramos pequeños.

Ruy abrazó a la aterrorizada Vera e intentó calmarla con palabras dulces, aunque él mismo se sentía francamente asustado. Sobre todo estaba preocupado por su madre, a la cual no había dejado de querer, pese a todo lo que había descubierto sobre ella.

-Tranquila, Vera, aquí estamos a salvo. Ellos te estarán buscando por los caminos que llevan al pueblo y no por los que atraviesan el bosque.
-Puede ser que aquí estamos seguros, ¿pero qué será de mamá? Esos hombres son asesinos y la tienen prisionera.
-Si aún la tienen en casa, quizás podamos rescatarla entre los dos, mientras esos hombres están fuera buscándote. Luego subiremos al coche y mamá nos llevará a la ciudad.

El plan de Ruy era ciertamente desesperado, pero, a falta de una idea mejor, los dos hermanos decidieron llevarlo a la práctica, pese a que ninguno de los dos estaba demasiado convencido de que pudiera funcionar.
Así pues, volvieron a su casa por una senda estrecha y oscura, que solo ellos conocían. 
Aparentemente todos los miembros de la banda se habían ido en busca de Vera, salvo un hombre que daba vueltas por el jardín mientras esperaba el retorno de sus compañeros. No parecía que hubiera más hombres dentro del edificio, pues todas las luces estaban apagadas. Ruy le susurró a Vera:

-Tú entrarás por la puerta trasera e irás en busca de mamá, mientras yo me ocupo de ese tipo.

Los dos hermanos se separaron sin decir nada más y Vera penetró en la casa tal como le había dicho Ruy. Aunque el guardia no pudo verla porque en aquel momento se hallaba al otro lado del jardín, debió de oír algo y se encaminó hacia la puerta trasera para echar un vistazo. Eso era precisamente lo que había previsto Ruy, quien lo esperaba oculto entre unos arbustos. Cuando el hombre se puso a su alcance, el valeroso muchacho se arrojó sobre él y le propinó un fuerte golpe en la cabeza con el rastrillo del jardinero. Aquel individuo, aturdido por el dolor, se tambaleó y estuvo a punto de caer, pero entonces sonó un disparo y fue Ruy quien cayó al suelo con el pecho ensangrentado. Ni Vera ni él se habían percatado de que en la azotea del edificio se hallaba apostado un francotirador, cuyo fusil tenía un telescopio nocturno. El hombre al que Ruy había golpeado no tardó en recuperarse y, tras comprobar que Ruy se moría sin remedio, no se molestó en rematarlo y entró en la casa, donde atrapó a Vera antes de que esta pudiera liberar a su madre. Las dos terminaron atadas y encerradas en la bodega, mientras los restantes miembros de la banda volvían del bosque, atraídos por el disparo.
Rosa, la madre de Ruy, había cometido el grave error de contratar a un miembro de aquella banda para realizar un trabajo sucio y luego lo había matado, ignorando que sus compañeros irían por ella para vengarse. De acuerdo con el código de aquella despiadada organización, Rosa y sus hijos debían morir de la forma más dolorosa posible (por eso Ruy no debía ser rematado, pues ello le hubiera ahorrado sufrimientos). La idea era quemar la casa con gasolina para que Rosa y Vera murieran achicharradas en la bodega, pero antes los miembros de la banda pensaban tomarse su tiempo para saquear aquella lujosa mansión. Además, pensaban violar a sus prisioneras antes de matarlas.
...
Mientras tanto, Ruy se moría irremediablemente, sobre un charco formado por su propia sangre. Pero aún podía ver y sus ojos moribundos distinguieron una sombra pálida que se acercaba a él lentamente. Se trataba de la misma niña fantasmal que solía susurrarle palabras extrañas en sus sueños. Ruy, más triste que asustado, le dijo con sus últimas fuerzas:

-Te veo, pero no puedo oír tus pasos, como si no estuvieras hecha de carne y hueso. ¿Eres acaso la Muerte?
La niña le respondió con una voz dulce y a la vez triste, mientras el campanario de una iglesia lejana anunciaba la medianoche:
-He sido la Muerte para muchos. ¿Has oído hablar de la Chica de la Medianoche?

(Ruy recordó una leyenda urbana sobre una niña fantasmal, que se aparecía a medianoche y con la cual se podía hacer un pacto terrible: la muerte de tu peor enemigo a cambio de tu alma.)
Ella prosiguió:

-Llevo tiempo buscando tu alma, pero hasta ahora no tenía nada que ofrecerte, además de la verdad. Después de morir, podrías unirte a mí y ayudarme en mi cometido. Es un destino triste, pero preferible a desaparecer en el Infierno. Además, puedo hacer algo por ellas.

-¿Quieres decir… que las salvarás si acepto servirte?
-Yo no puedo salvar a nadie, mi única misión es matar.

-Pero si matas a todos los secuestradores…

-Solo puedo matar a una persona cada noche. Pero recuerda lo que tantas veces te he dicho en tus sueños: Alhazred te dará la respuesta. O, mejor dicho, ya te la ha dado. Recuérdala.

Ruy dedicó su último pensamiento lúcido a recordar lo que había leído en el Necronomicón de Abdul Alhazred, aquel misterioso libro de magia que le había revelado la verdad sobre su origen. Él era el hijo de un demonio y de una mujer mortal. Por tanto, solo dependía de su voluntad liberar el poder oculto que había heredado de su diabólico progenitor. Entonces su herida se curó al instante y su cuerpo sufrió una rápida metamorfosis, que lo transformó en un monstruo tan atroz como el ser que lo había engendrado. Al mismo tiempo, su conciencia humana se diluyó en las tinieblas para ser sustituida por una terrible sed de sangre. Entró en la casa y los secuestradores, que lo habían dado por muerto, chillaron aterrorizados al verlo. Algunos tuvieron tiempo de sacar sus armas, pero sus disparos solo sirvieron para aumentar la furia del monstruo, que se había vuelto casi indestructible. Ruy los destrozó a todos en cuestión de segundos, pero aún no estaba satisfecho y, tras derribar la puerta de la bodega, se acercó, con malignas intenciones, hacia su madre y su hermana, quienes, al estar atadas, no tenían ninguna oportunidad de huir. Cuando ya estaba a punto de matarlas, la Chica de la Medianoche apareció de nuevo y usó su poder para matar a Ruy, tal como él mismo había aceptado pocos minutos antes. El cuerpo del monstruo se desvaneció en la nada, mientras su espíritu partía hacia el Más Allá, guiado por la Chica de la Medianoche. Esta, antes de partir, les dijo a las aterrorizadas Rosa y Vera:

-Será mejor que intentéis olvidar lo que ha sucedido esta noche. Pero nunca olvidéis lo que pasa cuando se juega con los demonios.

Dicho esto, se marchó con el alma de Ruy, mientras un coche de policía, atraído por los disparos, se acercaba a la casa para liberar a las prisioneras.

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