El Desconocido (Nueva Versión)

El despertar (minicuento fantástico, homenaje a H. P. Lovecraft en el aniversario de su fallecimiento): Según una vieja leyenda recogida por el escritor H. P. Lovecraft, Cthulhu era un dios terrible que dormía y soñaba en el fondo del mar, pero que algún día se despertaría y acabaría con la Humanidad. Nadie creyó en esta leyenda hasta que un minisubmarino dedicado al estudio de la fauna abisal halló, por pura casualidad, la ciudad sumergida donde Cthulhu dormía desde los albores del mundo. Además, captó cie

Sara tenía quince años y vivía con Rosa, su madre viuda, en las afueras de una pequeña ciudad española. Un día, al volver del instituto, le dijo a su madre que un desconocido la había seguido durante un buen rato. Se trataba de un hombre joven, de rostro pálido, pelo castaño y barba de dos días. Su aspecto desaliñado había asustado a Sara, quien había corrido para burlar a su presunto perseguidor. Rosa se sintió preocupada al oír esto, pero intentó tranquilizar a la muchacha:

-Tranquila, seguro que solo era un pobre que quería pedirte dinero. Pero de todas formas, será mejor que esta tarde te quedes en casita, ¿vale?
-Vale, mami. De todas formas, hoy tengo que estudiar para un examen.

Después de comer, Rosa salió de casa para ir al trabajo y mientras caminaba por el barrio se acercó a ella, con aparente intención de abordarla, un hombre que, a juzgar por su aspecto, debía de ser el mismo que había seguido a Sara. Asustada, Rosa se subió a un autobús que pasaba por allí y suspiró aliviada cuando vio que había conseguido esquivar al desconocido.

Aquella tarde Sara se quedó estudiando en casa, tal como le había recomendado Rosa, pero recordó que tenía que ir a la papelería cercana para imprimir unos apuntes importantes. Y no podía aguardar el retorno de su madre, pues para entonces el establecimiento ya habría cerrado, así que se arriesgó a salir. Aún estaba en el jardín cuando un hombre con el rostro encapuchado surgió de su escondrijo, la agarró, le tapó la boca con la mano enguantada e intentó arrastrarla hacia una furgoneta. Pero entonces sonó un aullido largo y lúgubre, más propio de un lobo que de un perro.  El encapuchado se asustó al oírlo e inconscientemente aflojó la presión de sus manos sobre Sara, quien aprovechó aquella oportunidad para desasirse y huir hacia su casa. Consiguió cerrar la puerta antes de que su agresor volviera a capturarla y, tras unos segundos de reposo para recuperar el aliento que había perdido, llamó a su madre con el móvil. Cuando Rosa volvió a casa, acompañada por dos agentes de policía, el encapuchado había tenido tiempo de desaparecer sin dejar rastro. Y, aunque la muchacha no había podido verle el rostro, se dio por hecho que se trataba del mismo vagabundo que la había seguido aquella mañana (y al cual varios vecinos habían visto rondando por el barrio pocos minutos antes de la agresión). En cuanto al aullido, se le atribuyó a un perro vagabundo, pues era impensable que algún lobo hubiera podido acercarse a la ciudad en pleno día sin ser visto por nadie. Se organizó un dispositivo de búsqueda para capturar al vagabundo, pero este demostró ser escurridizo y no hubo manera de encontrarlo. Al día siguiente, Rosa le dijo a su hija:

-Cariño, creo que aquí no estás segura, así que voy a pedir una baja en el trabajo y luego nos iremos las dos a la casa de la sierra, donde estaremos a salvo hasta que la policía atrape a ese vagabundo.

Sara estuvo de acuerdo y aquella misma tarde madre e hija se dirigieron a su casa de veraneo, situada en un lugar agreste de la sierra, a cierta distancia del pueblo más cercano. Como la carretera que llevaba a aquel lugar apartado estaba llena de baches y curvas, cuando llegaron a su destino Sara estaba algo mareada, así que su madre le dijo:

-Será mejor que vayas a dar un paseo por el bosque, mientras yo preparo la casa. Seguro que el aire fresco te hará bien.

Sara se internó en el bosque cercano por un pequeño sendero que atravesaba la espesura, pero dio la vuelta antes de estar completamente recuperada, pues tuvo la sensación de que alguien (o algo) la estaba acechando desde los arbustos. Cuando volvió a casa, encontró a su madre atada y amordazada en el garaje. Sara intentó liberarla, pero entonces apareció el encapuchado, que aparentemente las había seguido hasta su refugio. La muchacha consiguió esquivarlo e intentó huir hacia el bosque, pero resbaló y cayó al suelo, haciéndose daño en un tobillo. Como ya no podía correr, el encapuchado la alcanzó fácilmente y le dijo:

-Se acabó, nena. Primero te violaré a ti, luego a tu mami y luego os mataré a las dos. ¡Disfrutaré como si este fuera el último día de mi vida!

-Efectivamente: este será el último día de tu vida.

El enmascarado se quedó paralizado por la sorpresa tras oír aquellas palabras. Pero la que se quedó realmente pasmada fue Sara, cuando vio que quien había hablado era el mismo joven de pelo castaño que la había seguido por las calles. Ella, al igual que todo el mundo, había dado por hecho que aquel joven y el enmascarado eran la misma persona, pero estaba equivocada. Tras reponerse del susto, el verdadero criminal sacó una pistola, pero el recién llegado no se asustó, sino que se limitó a sonreír con tristeza y a decir:
-He hecho todo lo posible para evitar esto, pero veo que ya no me queda otra opción. Que Dios nos perdone a ambos.
Entonces, bajo la tenue luz crepuscular que se filtraba entre las ramas de los árboles, tuvo lugar una monstruosa transformación: en cuestión de segundos, el muchacho de pelo castaño desapareció y en su lugar apareció una bestia terrible, un enorme lobo de ojos ardientes y colmillos amarillentos. Una vez consumada la metamorfosis, el monstruo profirió un aullido largo y terrorífico, cuyo tono Sara reconoció: era la segunda vez en dos días que oía algo así. Y, aunque estaba demasiado aterrorizada para pensar, su subconsciente intuyó la verdad: que aquel misterioso ser efectivamente la había estado siguiendo, pero no para hacerle daño, sino para protegerla.

El enmascarado, que estaba casi tan aterrorizado como ella, disparó, pero los nervios le impidieron acertar y el lobo se arrojó sobre él. Sara se desvaneció de puro terror cuando el cuello del enmascarado se quebró con un chasquido entre las mandíbulas del monstruo. 
Cuando se despertó, ya era casi de noche. El lobo había desaparecido y de nuevo estaba allí aquel joven de pelo castaño. Sara, aún muy asustada y sin fuerzas para levantarse, le suplicó con voz trémula:

-Por favor, no me hagas daño…

El joven sonrió con dulzura y le dijo, con una voz tan amable como melancólica:

-Tranquila, nunca he querido hacerte daño. 
-Pero… ¿quién o qué eres tú?
-Soy varias cosas: a veces un hombre solitario, a veces un lobo… y siempre un amigo de quienes se hallan en peligro. El otro día, cuando te vi en la calle, percibí que te perseguía una sombra maligna, lo cual significaba que estabas en peligro. Quise advertirte, pero escapaste de mí, igual que hizo tu madre cuando intenté hablar con ella. Mi intención era protegerte de la forma más incruenta posible, pero finalmente tuve que matar a ese infeliz. Ahora la sombra que te perseguía ya ha desaparecido y debo marcharme.

El joven se levantó y se dirigió hacia el bosque. Sara le dijo:

-¡Espera, por favor! Me has salvado la vida y ni siquiera sé cómo te llamas.
-Un lobo no tiene nombre. Y me sentiré pagado si no le cuentas a nadie lo que has visto hoy.

Dicho esto, desapareció entre las sombras del bosque. 
Poco después, Sara llegó cojeando al garaje y liberó a su madre. Rosa, llorando de emoción, abrazó a su hija y le preguntó:

-Pero, ¿qué fue de aquel hombre, del enmascarado?

Sara no sabía mentir, pero tampoco tenía por qué hacerlo. 

-Lo mató un lobo.

¿Te gusto? Te recomendamos...